Cuando una nación pone a millones de sus ciudadanos en las calles de modo simultáneo — desde Manhattan hasta un pueblo de menos de dos mil habitantes en el este de Idaho —, el acontecimiento trasciende la crónica de protesta y se convierte en un dato estratégico sobre el estado de la república. Eso es precisamente lo que ocurrió el sábado 28 de marzo de 2026, cuando la tercera iteración de las manifestaciones ‘No Kings’ recorrió los cincuenta estados de la Unión, capitales europeas y ciudades de América Latina y Oceanía, en lo que los organizadores describen como la mayor jornada de protesta no violenta de la historia moderna de los Estados Unidos.

Las cifras, aun filtradas por el escepticismo que merecen las estimaciones de cualquier organizador, son formidables. Según reportó ABC7 Los Ángeles citando a la coalición No Kings, los organizadores afirman que al menos ocho millones de personas se congregaron en más de 3.300 actos en los cincuenta estados y en casi todos los continentes. La Associated Press, recogida por PBS News y CBS News, confirmó que se registraron más de 3.100 eventos — quinientos más que en octubre — y que los organizadores esperaban alcanzar los nueve millones de participantes, aunque era prematuro verificar si esa meta fue alcanzada. Las autoridades federales no ofrecieron ninguna estimación nacional de asistencia, según France 24 y Reuters.

El dato que este periódico considera más revelador para el análisis del interés nacional no es el volumen bruto de manifestantes, sino su distribución geográfica. Según PBS News, dos tercios de las inscripciones previas procedían de fuera de los grandes centros urbanos, incluyendo comunidades en estados profundamente republicanos como Idaho, Wyoming, Montana, Utah, Dakota del Sur y Luisiana, así como en suburbios electoralmente competitivos de Pensilvania, Georgia y Arizona. Rolling Stone informó que los organizadores de No Kings buscan explícitamente cortejar a votantes desencantados de Trump que creyeron sus promesas de no entrar en nuevos conflictos bélicos. Si esa penetración suburbana y rural es real — y las próximas elecciones legislativas de noviembre lo verificarán —, el fenómeno tiene implicaciones directas para la gobernabilidad del país.

El epicentro simbólico de la jornada fue deliberado. La coalición designó el Capitolio del estado de Minnesota, en St. Paul, como sede del acto principal, según AP. Minnesota se ha convertido en punto de inflamación tras los tiroteos fatales de dos ciudadanos estadounidenses — Alex Pretti y Renee Good — a manos de agentes federales de inmigración durante la Operación Metro Surge a principios de este año. NBC News reportó que el operativo generó una reacción sin precedentes y que la ciudad de Minneapolis enfrenta un déficit de 81 millones de dólares como consecuencia, según CBS Minnesota.

Bruce Springsteen encabezó el acto en St. Paul, interpretando ‘Streets of Minneapolis’, la canción que compuso en respuesta a esas muertes. Según Variety y Rolling Stone, Springsteen declaró desde el escenario que la resistencia de Minnesota había dado esperanza al país entero. El cartel incluyó también a la cantante Joan Baez, la actriz Jane Fonda, el senador independiente Bernie Sanders de Vermont y el guitarrista Tom Morello, entre otros, según AP vía PBS News. El gobernador de Minnesota, Tim Walz, presentó a Springsteen y exigió justicia para Good y Pretti, según KSTP.

Pero la jornada no fue exclusivamente pacífica, y es en los incidentes violentos donde el análisis del interés nacional exige mayor precisión. En Los Ángeles, según reportó NBC News, fuentes policiales indicaron que más de seis docenas de manifestantes fueron arrestados cerca del Centro de Detención Metropolitano, una prisión federal en el centro de la ciudad. ABC7 Los Ángeles detalló que la LAPD emitió una alerta táctica para toda la ciudad después de que un grupo de agitadores arrojara bloques de concreto, botellas y otros objetos contra agentes federales. Los agentes del Departamento de Seguridad Nacional desplegaron gas lacrimógeno, balas de goma y gas pimienta. KTLA confirmó que las autoridades establecieron una línea de combate y rodearon a aproximadamente 150 manifestantes en la intersección de Alameda y Commercial Street, procediendo a arrestar a quienes rehusaron dispersarse.

En Portland, Oregon — ciudad que arrastra una historia de confrontaciones en torno a las instalaciones de ICE desde el verano de 2025 —, la situación se deterioró de forma análoga. Según OPB, al menos dos personas fueron arrestadas fuera del edificio de ICE. KPTV reportó que la policía de Portland declaró el disturbio después de que manifestantes derribaran una reja de la instalación federal. El Portland Police Bureau advirtió en la red social X que no debían violarse las puertas ni la propiedad del edificio de ICE, amenazando con cargos penales. KATU confirmó que tres detenidos fueron procesados por cargos que incluyen agresión en cuarto grado, delito de odio en segundo grado y acoso.

Estos episodios de violencia — minoritarios dentro de una movilización abrumadoramente pacífica, como constató la propia NYPD al reportar cero arrestos entre las decenas de miles de manifestantes en Nueva York, según CBS New York — merecen un encuadre preciso. Cuando ciudadanos estadounidenses atacan instalaciones federales y agreden a agentes de las fuerzas del orden, no están ejerciendo el derecho a la protesta que protege la Primera Enmienda: están cometiendo delitos contra la infraestructura de seguridad de la nación. La distinción no es retórica sino jurídica y estratégica. La legitimidad del disenso masivo se erosiona exactamente en el punto donde un manifestante levanta un bloque de concreto contra un agente federal.

La Casa Blanca respondió con el desdén que ha caracterizado su postura ante las tres iteraciones de No Kings. Según NPR, la portavoz Abigail Jackson calificó las protestas de ‘Trump Derangement Therapy Sessions’ — sesiones de terapia por el síndrome de obsesión con Trump — y las atribuyó a ‘redes de financiación izquierdista’. El Comité Nacional Republicano del Congreso fue más cortante: su portavoz Maureen O’Toole las llamó ‘mítines de odio a América’, según AP vía PBS News.

La estrategia retórica de la administración es comprensible pero insuficiente. Una encuesta de Reuters/Ipsos citada ampliamente por la prensa señala que la aprobación presidencial ha caído al 36 por ciento, su punto más bajo desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, arrastrada por el alza de los precios del combustible y la desaprobación generalizada de la guerra en Irán. La encuesta de Quinnipiac, según el Christian Science Monitor, encontró cifras de desaprobación del 56 por ciento general, 58 por ciento en manejo de la economía, 59 por ciento en política exterior y 59 por ciento en la gestión de la guerra con Irán. Desestimar a ocho millones de ciudadanos como pacientes en terapia grupal puede satisfacer a la base más fiel, pero no altera la aritmética electoral.

Y es precisamente la aritmética electoral lo que convierte a No Kings III en un fenómeno de interés nacional genuino. Los Estados Unidos celebrarán elecciones legislativas de medio mandato en noviembre de 2026. Según France 24 y Euronews, el Partido Republicano se encuentra en riesgo de perder el control de ambas cámaras del Congreso. Rolling Stone reportó que una serie de elecciones especiales en las que los demócratas han volcado escaños republicanos considerados seguros prefigura un ciclo potencialmente brutal para el GOP. Los organizadores de No Kings ya están canalizando energía hacia el registro de votantes y la movilización electoral, según reportó ABC7 Chicago.

La pregunta que este periódico considera cardinal no es si las protestas son legítimas — lo son, salvo donde degeneran en violencia — ni si los manifestantes tienen agravios fundados — las cifras de aprobación sugieren que sí los tienen. La pregunta es si la administración y el Congreso poseen la capacidad institucional para responder a un descontento de esta magnitud de un modo que sirva al interés de la nación en su conjunto. Una república que pone a millones en las calles tres veces en diez meses no está funcionando según su diseño. Y los adversarios de los Estados Unidos — desde Pekín hasta Teherán — observan esa disfunción con un interés que no es académico.

La guerra en Irán, que según Reuters y AP cumple un mes desde que los Estados Unidos e Israel lanzaron su campaña de bombardeos el 28 de febrero, fue el agravio más citado en la jornada del sábado. El secretario de Estado Marco Rubio declaró el viernes que los objetivos estadounidenses podían lograrse sin tropas terrestres, según NPR. Pero la ambigüedad persistente del presidente — que, según la misma fuente, no ha descartado el envío de efectivos — alimenta exactamente el tipo de incertidumbre que erosiona la cohesión interna y la credibilidad exterior. Los Estados Unidos proyectan fuerza cuando su política exterior goza de sustento doméstico suficiente. Cuando no lo tiene, proyectan división — y la división invita al cálculo oportunista de quienes desean ver debilitada a la república americana.

La protesta masiva es un rasgo constitutivo de la democracia estadounidense, no una anomalía que deba lamentarse ni una patología que deba medicarse. Desde las marchas por los derechos civiles hasta el movimiento Tea Party, la tradición de congregarse en las calles para exigir rendición de cuentas al poder es inseparable de la identidad nacional. Lo que distingue a No Kings III de sus predecesoras es la escala, la dispersión geográfica y el contexto: un país simultáneamente en guerra en el exterior, dividido sobre inmigración en el interior y enfrentando unas elecciones legislativas que podrían reconfigurar el equilibrio de poder en Washington. Para los Estados Unidos de América, el mensaje no debería ser si las protestas son buenas o malas, sino qué revelan sobre el estado de la nación — y qué exigen de sus instituciones para que la república siga siendo lo que sus fundadores concibieron: una nación sin reyes, gobernada por la ley y sostenida por el consentimiento de los gobernados.