Existe un principio tan antiguo como la guerra misma: no se cambia de general cuando el enemigo ya está frente a las murallas. El jueves 2 de abril, el secretario de Defensa Pete Hegseth lo violó con una imprudencia que no admite atenuantes. Según informó CBS News —la primera cadena en reportar la noticia—, Hegseth solicitó al general Randy A. George, cuadragésimo primer jefe del Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, que abandonase su puesto y se retirase con efecto inmediato. El portavoz del Pentágono, Sean Parnell, confirmó la salida en un comunicado publicado en la red social X, declarando que el Departamento de Guerra «agradece las décadas de servicio del general George a nuestra nación». No ofreció razón alguna para la destitución en tiempo de guerra.

Junto al general George cayeron otras dos cabezas: el general David Hodne, comandante del Mando de Transformación y Adiestramiento del Ejército, y el mayor general William Green Jr., capellán jefe del Ejército, según confirmaron funcionarios de Defensa a Axios y Stars and Stripes. El Pentágono no ha ofrecido explicación pública sobre la remoción de ninguno de los tres. En su lugar, se ha instalado como jefe interino del Estado Mayor al general Christopher LaNeve —antiguo asistente militar de Hegseth y excomandante de la 82.ª División Aerotransportada—, a quien Parnell describió como alguien en quien Hegseth «confía completamente para llevar a cabo la visión de esta administración sin fallo», según recogió CBS News.

Los hechos hablan con una elocuencia que dispensa la necesidad de hipérboles. Esta destitución se produce cuando los Estados Unidos están en guerra. La Operación Epic Fury, la campaña aérea conjunta con Israel contra la infraestructura militar y nuclear iraní, lleva más de cinco semanas de bombardeos continuos desde que se lanzó el 28 de febrero. Según informó Military Times, miles de soldados de la 82.ª División Aerotransportada han recibido órdenes de despliegue hacia Oriente Medio. Al Jazeera reportó que la guerra ha causado miles de víctimas en territorio iraní. Reuters informó que elementos de la 82.ª Aerotransportada ya han comenzado a llegar a la región, mientras el presidente Trump evalúa opciones que incluyen operaciones terrestres limitadas dentro de Irán.

Y es en este contexto exacto — cuando la nación necesita continuidad de mando, profundidad institucional y confianza entre el liderazgo civil y militar — cuando Hegseth decide arrancar del edificio al oficial de mayor rango del Ejército estadounidense.

¿Por qué? La respuesta que el propio Pentágono ofrece es reveladora por su vacuidad: según CBS News, Hegseth quiere a alguien que «implemente la visión del presidente Trump y de Hegseth para el Ejército». Un alto funcionario de Defensa añadió al mismo medio: «Le agradecemos su servicio, pero era hora de un cambio de liderazgo en el Ejército.» Es una frase que podría aplicarse a la sustitución de un director de oficina regional, no al relevo del jefe del Estado Mayor de un ejército en guerra.

Pero la causa real, según The New York Times —citado por Al Jazeera y The Daily Beast—, es más específica y más alarmante. La destitución estaría vinculada directamente al choque entre George y Hegseth por la decisión de este último de bloquear los ascensos de cuatro oficiales del Ejército —dos hombres afroamericanos y dos mujeres— de una lista de aproximadamente veintinueve candidatos a general de brigada, la mayoría de los cuales eran hombres blancos. George y el secretario del Ejército, Daniel Driscoll, se negaron a retirar los nombres de la lista, citando el expediente de servicio ejemplar de los cuatro oficiales. Cuando George solicitó una reunión con Hegseth para discutir el asunto hace dos semanas, el secretario de Defensa se negó a recibirlo.

El patrón es inconfundible. NBC News reportó que nueve funcionarios estadounidenses familiarizados con la cuestión afirmaron que Hegseth ha bloqueado o retrasado los ascensos de más de una docena de oficiales superiores afroamericanos y mujeres en las cuatro ramas de las fuerzas armadas: Ejército, Fuerza Aérea, Armada e Infantería de Marina. Según esos funcionarios, los individuos fueron seleccionados por su raza, género o vínculos con políticas de la administración Biden. Un funcionario declaró a NBC News: «No hay un solo servicio que haya sido inmune a este nivel de intervención por parte de Hegseth.»

Déjese constancia de un hecho adicional: según NPR, que confirmó independientemente la información del Times, la interferencia de Hegseth en el proceso de ascensos constituiría un acto «altamente inusual y posiblemente ilegal». El senador Jack Reed, demócrata por Rhode Island y miembro de mayor rango en el Comité de Servicios Armados del Senado, declaró que si los informes son exactos, la decisión de Hegseth «no solo sería escandalosa, sería ilegal».

Analicemos ahora la cuestión desde el único prisma que importa a este periódico: ¿sirve esta destitución a los intereses de los Estados Unidos de América?

La respuesta es no, con una contundencia que no admite matización.

El general Randy George es un oficial de infantería graduado de West Point en 1988 que sirvió en la Operación Tormenta del Desierto, en Iraq, en Afganistán, y que fue asistente militar principal del secretario de Defensa Lloyd Austin, según su biografía oficial recogida por múltiples fuentes. Breaking Defense informó que George se había anticipado a permanecer en el cargo hasta el otoño de 2027, completando el mandato tradicional de cuatro años. Su programa de transformación del Ejército — lanzado junto al secretario Driscoll — buscaba modernizar la fuerza, integrando tecnologías de interceptación de misiles con drones baratos e inteligencia artificial para sistemas de puntería, según Al Jazeera.

Su sustituto, el general LaNeve, es descrito por prácticamente todas las fuentes consultadas como un protegido de Hegseth. The Daily Beast reportó que LaNeve captó la atención de Trump durante el Baile del Comandante en Jefe tras la investidura de enero de 2025, donde le declaró que era «un honor profundo» estar ante el presidente. Trump respondió: «¿Es este hombre un casting central o qué?» Euronews informó que LaNeve era apenas un general de dos estrellas hace dos años, y que su ascenso meteórico fue posible porque Hegseth lo instaló primero como asistente militar y luego lo impulsó al puesto de vicejefe del Estado Mayor del Ejército, tras la salida prematura del general James Mingus.

Con la destitución de George, Hegseth ha reconfigurado prácticamente la totalidad del Estado Mayor Conjunto. Según Stars and Stripes, los únicos miembros que permanecen desde que Hegseth asumió el cargo en enero de 2025 son el general Eric M. Smith, comandante del Cuerpo de Marines, y el general B. Chance Saltzman, jefe de la Fuerza Espacial. Todos los demás — el presidente del Estado Mayor Conjunto, general CQ Brown; la jefa de operaciones navales, almirante Lisa Franchetti; el vicejefe de la Fuerza Aérea, general James Slife; el director de la Agencia de Inteligencia de Defensa; el jefe de la Agencia de Seguridad Nacional y del Comando Cibernético — han sido destituidos sin explicación durante el mandato de Hegseth, según documentó Breaking Defense.

El congresista Pat Ryan, demócrata por Nueva York y miembro del Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes, ofreció la valoración más dura desde el Capitolio: según The Hill, Ryan calificó a George de «patriota» y afirmó que su destitución representará una «enorme pérdida para nuestro Ejército y nuestro país», añadiendo que Hegseth y Trump «despidiendo al oficial de mayor rango del Ejército, en medio de una guerra que ellos empezaron, les muestra exactamente cuáles son sus prioridades». El congresista republicano Rich McCormick, de Georgia — también miembro de ese comité —, declaró en Newsmax que la decisión era «preocupante» y describió a George como «una mente brillante», según recogieron The Hill y MS NOW.

He aquí el análisis que este periódico está obligado a formular: existe una diferencia categórica entre un presidente que exige lealtad institucional a sus generales — prerrogativa legítima del poder civil democráticamente elegido — y un secretario de Defensa que vacía el cuerpo de oficiales superiores para instalar subordinados seleccionados no por su competencia operativa sino por su servilismo personal, mientras la nación está en guerra. Lo primero es gobierno. Lo segundo es negligencia.

La cadena de mando de las fuerzas armadas de los Estados Unidos no es un organigrama corporativo susceptible de «reestructuración» según las preferencias estéticas de un secretario de Defensa. Es la columna vertebral del instrumento de fuerza que protege a trescientos cuarenta millones de ciudadanos estadounidenses. Cada general destituido sin causa profesional transparente es un mensaje a cada oficial de rango medio en cada base desde Fort Bragg hasta Camp Humphreys: que su carrera depende no de su competencia sino de su disposición a la genuflexión.

Hegseth, según reportó NPR, declaró en noviembre de 2025 que «durante demasiado tiempo, hemos ascendido a demasiados líderes uniformados por las razones equivocadas — por su raza, por cuotas de género, por las llamadas primeras veces históricas». Es su derecho expresar esa opinión. No es su derecho instrumentalizar esa opinión para desmantelar un sistema de ascensos diseñado precisamente para aislar las promociones de la interferencia política — y hacerlo mientras tropas aerotransportadas se embarcan rumbo a una zona de guerra.

Cada soldado de la 82.ª Aerotransportada que en este momento se dirige a Oriente Medio tiene derecho a saber que su cadena de mando fue seleccionada por su capacidad de llevarlo con vida de regreso a casa, no por su capacidad de complacer a un político en Washington. El general George tenía treinta y ocho años de servicio, un Corazón Púrpura y experiencia de combate en cuatro conflictos. Su sustituto tiene el favor del secretario de Defensa y un intercambio halagador con el presidente en un baile de gala. Las fuerzas armadas de los Estados Unidos merecen algo mejor. La nación, en guerra, lo exige.