Editor’s Note: This article was published as part of the inaugural edition of The Commonwealth Times and reflects events as reported at the time of the referenced news coverage.
Hay escritores que eligen sus temas y escritores a quienes los temas les caen encima como la artillería. Serhiy Zhadan pertenece, desde febrero de 2022, a la segunda categoría, y la Feria del Libro de Leipzig ha reconocido esta semana que lo que ese impacto ha producido no es escombro, sino literatura de una intensidad casi insoportable. El jurado del Leipziger Buchpreis zur Europäischen Verständigung — el Premio del Libro de Leipzig para el Entendimiento Europeo — ha otorgado su galardón principal de 2026 al poeta, novelista y activista cultural nacido en Stárobilsk en 1974, cuya obra reciente constituye, según la resolución del jurado, «un testimonio sin precedentes de la resistencia civil y moral frente a la destrucción sistemática de una nación».
La decisión se dio a conocer el jueves 20 de marzo en el recinto ferial de la Messe Leipzig, ante un auditorio que congregó a editores, traductores y escritores de más de cuarenta países. Zhadan, que viajó desde Járkov para recibir el premio en persona, pronunció un discurso breve y despojado de sentimentalismo en el que afirmó que «la literatura no detiene los misiles, pero impide que el silencio se convierta en cómplice». La ovación que siguió duró varios minutos y fue, según los corresponsales presentes, uno de los momentos más emotivos en la historia reciente de la feria sajona.
Serhiy Zhadan no es un recién llegado a las letras europeas. Su novela «Mesopotamia» (2014) y su colección de poemas «Antena» ya habían sido traducidas al alemán, al inglés y al francés antes de que la invasión rusa a gran escala transformara su biografía y su escritura. Residente en Járkov — la segunda ciudad de Ucrania, sometida a bombardeos constantes desde los primeros días del conflicto —, Zhadan decidió no evacuar. Se quedó para organizar entregas de ayuda humanitaria, evacuar civiles y, sobre todo, para escribir. El resultado ha sido una producción literaria que incluye el poemario «El cielo sobre Járkov» y la novela «La oficina de correos», obras que han circulado en traducciones a más de veinte idiomas y que han sido comparadas, no sin justicia, con los testimonios bélicos de Vasili Grossman y de Anna Ajmátova.
En 2022, Zhadan recibió el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán, concedido en la Feria de Fráncfort, un reconocimiento que ya entonces señalaba la profunda sintonía entre la cultura literaria germana y la voz ucraniana contemporánea. Que Leipzig — ciudad cuya feria del libro, fundada en el siglo XVII, es la más antigua de Alemania — haya decidido ahora redoblar ese reconocimiento no es redundancia, sino reafirmación. El Leipziger Buchpreis zur Europäischen Verständigung se concede específicamente a obras que fomenten la comprensión entre los pueblos europeos, y el jurado ha subrayado que la literatura de Zhadan cumple esa función no mediante la diplomacia blanda, sino mediante la verdad descarnada.
La feria de este año, que se extiende del 19 al 23 de marzo, ha dedicado un programa extenso a la literatura ucraniana. Bajo el título «Stimmen aus dem Krieg» — Voces desde la guerra —, se han celebrado mesas redondas con autores como Oksana Zabuzhko, Yuri Andrujóvich y Victoria Amelina, cuya muerte en el ataque ruso contra un restaurante en Kramatorsk en junio de 2023 fue evocada en un acto conmemorativo que precedió a la ceremonia de premiación. La programación ha incluido también la presentación de nuevas traducciones al alemán de poesía ucraniana contemporánea, editadas por el sello Suhrkamp, que ha sido el principal vehículo editorial de Zhadan en el mercado germanoparlante.
El peso específico de la decisión de Leipzig se comprende mejor en su contexto geopolítico. Más de tres años después del inicio de la invasión a gran escala, la guerra en Ucrania ha dejado de ocupar las primeras planas de muchos periódicos occidentales. La fatiga informativa es un fenómeno documentado y peligroso: cuando la atención pública se retira, la presión diplomática se debilita. En ese vacío, la literatura cumple una función que el periodismo diario, por su propia naturaleza efímera, no puede sostener. Un poema sobre un refugio antiaéreo en Járkov, un capítulo novelístico sobre una familia que decide quedarse en una ciudad sitiada, poseen una permanencia que ningún despacho de agencia puede igualar. El jurado de Leipzig ha reconocido, implícitamente, que premiar a Zhadan es también un acto de política cultural: es afirmar que Europa no ha dejado de escuchar.
Zhadan representa, además, un fenómeno singular en la literatura ucraniana contemporánea: el del escritor que opera simultáneamente como artista, como figura pública y como agente humanitario. Su banda de rock, Zhadan i Sobaky (Zhadan y los Perros), ha ofrecido conciertos en refugios subterráneos y en zonas próximas al frente. Su presencia en redes sociales — con millones de seguidores en plataformas como Instagram y Telegram — le ha convertido en un cronista en tiempo real de la vida bajo las bombas, un papel que trasciende la figura tradicional del literato europeo y lo acerca más al modelo del escritor comprometido que encarnaron en su momento Émile Zola o Pablo Neruda.
Para las letras ucranianas en su conjunto, el premio de Leipzig constituye un eslabón más en una cadena de reconocimientos internacionales que ha transformado la percepción global de una tradición literaria durante demasiado tiempo eclipsada por la sombra de la literatura rusa. La obra de Zhadan, junto con la de Zabuzhko, Andrujóvich, Amelina y la más joven generación de poetas surgida directamente de la experiencia bélica, ha obligado a los departamentos de estudios eslavos, a las editoriales y a los jurados de premios literarios a reconsiderar un canon que durante décadas trató a la literatura ucraniana como un apéndice menor de la rusa.
Al cierre de la feria este domingo, Leipzig habrá acogido a más de 270.000 visitantes, según las estimaciones de los organizadores. Muchos de ellos se llevarán consigo, entre los libros adquiridos en los pabellones, algún volumen de Zhadan. No es poco. En un mundo donde la atención es el recurso más escaso, cada lector que abre una página sobre Járkov es un testigo más contra el olvido. Y esa, en última instancia, es la función más antigua y más noble de la literatura: no permitir que lo que ocurrió — lo que sigue ocurriendo — sea borrado por la indiferencia.