Los Estados Unidos disponen de aproximadamente dos meses de suministro de tierras raras para uso militar, una restricción que podría condicionar la capacidad de Washington para sostener operaciones armadas prolongadas, según informó el South China Morning Post el 10 de marzo de 2026, en un reportaje que ha sacudido los círculos de defensa y política industrial a ambas orillas del Potomac. La revelación llega en un momento en que la República afronta la confluencia de dos presiones estratégicas de primer orden: un consumo acelerado de municiones en Oriente Medio y una consolidación sin precedentes del monopolio chino sobre los minerales que hacen funcionar los sistemas de armas más avanzados del arsenal estadounidense.

Según múltiples fuentes que recogen la información del diario hongkonés, citado a su vez por Mining.com, el nivel de reservas de aproximadamente sesenta días afecta directamente a materiales indispensables para sistemas de guía de misiles, aviones de combate, tecnologías de radar avanzadas y comunicaciones seguras. Elementos como el disprosio, el terbio, el galio y el germanio —nombres oscuros para el público general, pero columna vertebral del poderío militar moderno— son los que sostienen la ventaja tecnológica de las fuerzas armadas estadounidenses frente a cualquier adversario.

La cifra de sesenta días merece, no obstante, un examen riguroso. Según la publicación especializada Rare Earth Exchanges, la información pública no confirma un umbral universal de dos meses, y los analistas de cadenas de suministro advierten que las narrativas simples de cuenta regresiva rara vez capturan la complejidad de la logística de fabricación de defensa. Los detalles de las reservas estratégicas son en parte clasificados. La cifra podría reflejar un subconjunto específico de materiales o un nodo particular de la cadena de suministro, más que una medida integral de las reservas estratégicas estadounidenses. Lo que no admite disputa es la magnitud de la dependencia: según el Servicio Geológico de los Estados Unidos, la nación importó más del 95 por ciento de las tierras raras que consumió, y entre 2020 y 2023, casi tres cuartas partes de esas importaciones procedieron de China.

La arquitectura de esa dependencia es aún más pronunciada en las fases intermedias de la cadena de valor. Según datos de la Agencia Internacional de Energía citados por múltiples fuentes, China representó alrededor del 60 por ciento de la producción minera mundial de tierras raras para imanes en 2024, pero su dominio es abrumadoramente mayor en las etapas de separación y refinado, donde concentra aproximadamente el 91 por ciento de la producción global. En la fabricación de imanes permanentes sinterizados —componentes críticos para motores de vehículos eléctricos, turbinas eólicas, sistemas industriales y plataformas de defensa— la cuota china ha ascendido del 50 por ciento hace dos décadas al 94 por ciento en la actualidad, según la misma agencia.

Es en este contexto donde las decisiones de Pekín adquieren su verdadera dimensión estratégica. China anunció, en el marco de su 15.º Plan Quinquenal para el período 2026-2030, que fortalecerá el desarrollo de su industria de tierras raras y mejorará los sistemas de control de exportaciones que gobiernan estos minerales, según informó Mining.com citando fuentes de la sala de prensa de Pekín. El plan, aprobado durante las llamadas Dos Sesiones legislativas celebradas en marzo de 2026, representa una transición fundamental respecto a ciclos anteriores: donde los planes previos enfatizaban la escala de producción y la competitividad en costes, el nuevo marco prioriza la integración vertical y la captura de valor en las fases posteriores de la cadena, según análisis del centro europeo Merics.

Los analistas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington calificaron las recientes restricciones de exportación de Pekín como las más trascendentales hasta la fecha dirigidas al sector de defensa. Según el CSIS, las tierras raras son cruciales para diversas tecnologías de defensa, incluidos los cazas F-35, los submarinos de las clases Virginia y Columbia, los misiles Tomahawk, los sistemas de radar, los vehículos aéreos no tripulados Predator y la serie de bombas inteligentes Joint Direct Attack Munition. Bajo las nuevas normas, a partir del 1 de diciembre de 2025, las empresas con cualquier afiliación a fuerzas armadas extranjeras —incluidas las de los Estados Unidos— se verán en gran medida denegadas las licencias de exportación, según el mismo centro de análisis.

La respuesta de Washington ha sido multidimensional y de una escala sin precedentes en la historia de la política de minerales críticos estadounidense. El 2 de febrero de 2026, el presidente Trump anunció el lanzamiento de Project Vault, una iniciativa de 12.000 millones de dólares destinada a crear una reserva estratégica de minerales críticos para uso civil, según informó la Associated Press desde Washington. La iniciativa combina un préstamo de 10.000 millones de dólares del Export-Import Bank de los Estados Unidos con aproximadamente 1.670 millones en capital privado, según confirmó la propia agencia federal.

El presidente declaró en el Despacho Oval, según CBS News, que la reserva se destinará al uso civil en tiempos de emergencia, y la comparó con la Reserva Estratégica de Petróleo. Empresas como Boeing, GE Vernova, Western Digital y Clarios dieron indicaciones iniciales de participación, según informó el Export-Import Bank, mientras que casas de comercio de materias primas como Hartree Partners, Mercuria Americas y Traxys fueron designadas para gestionar las adquisiciones, según Bloomberg.

En paralelo, la administración ha perseguido agresivamente el desarrollo de nueva capacidad doméstica. En enero de 2026, el Departamento de Comercio firmó una carta de intención no vinculante para proporcionar hasta 1.580 millones de dólares en financiamiento a USA Rare Earth —incluidos 277 millones en subvención directa y 1.300 millones en préstamo— a cambio de una participación accionarial de entre el 8 y el 16 por ciento, según informó Reuters. Los fondos están destinados a desarrollar una mina en Sierra Blanca, Texas, prevista para 2028, y una planta de fabricación de imanes en Stillwater, Oklahoma, que se espera inicie operaciones este año.

No obstante, el acuerdo con USA Rare Earth ha generado controversia política. Según Reuters, la representante demócrata Zoe Lofgren, miembro de mayor rango del Comité de Ciencia, Espacio y Tecnología de la Cámara, acusó al secretario de Comercio Howard Lutnick de estructurar la inversión de manera que otorga al gobierno una influencia sobre la empresa que calificó de altamente preocupante, al tiempo que beneficia a la firma de inversión dirigida por los hijos de Lutnick, Cantor Fitzgerald, que lidera la captación de capital privado de 1.500 millones de dólares asociada al acuerdo.

El Departamento de Defensa, por su parte, ha establecido una asociación público-privada transformacional con MP Materials, operadora de la única mina activa de tierras raras en suelo estadounidense, en Mountain Pass, California. Según la propia empresa, el Pentágono acordó adquirir 400 millones de dólares en acciones preferentes convertibles y posicionarse como el mayor accionista de la compañía, con un compromiso de precio mínimo de 110 dólares por kilogramo para productos de neodimio-praseodimio durante diez años y un acuerdo de compra garantizada del 100 por ciento de los imanes producidos en una nueva instalación de fabricación a gran escala.

Sin embargo, la brecha temporal entre la amenaza y la solución sigue siendo el problema fundamental. Según la publicación especializada Rare Earth Exchanges, la verdadera vulnerabilidad no reside en una escasez mineral repentina de dos meses, sino en la lenta reconstrucción de la capacidad occidental de procesamiento, metalización y fabricación de imanes de tierras raras, una transformación industrial que se encuentra en sus etapas iniciales. Los nuevos proyectos mineros no pueden ponerse en producción a corto plazo, según reconocen los propios analistas del sector. El Departamento de Defensa se ha fijado el objetivo ambicioso de alcanzar la independencia de la cadena de suministro para 2027, según el centro de análisis GQG Partners, pero los expertos del Instituto de la Guerra Moderna de West Point advierten que la cadena de suministro estadounidense no estará completamente operativa hasta 2027 como muy pronto, si es que lo logra.

Entre tanto, China no permanece inmóvil. Según la Agencia Internacional de Energía, Pekín ha restringido significativamente las exportaciones de tierras raras en sucesivas oleadas desde abril de 2025, cuando introdujo controles sobre siete elementos pesados y todos los compuestos, metales e imanes relacionados. La caída abrupta de volúmenes de exportación obligó a fabricantes de automóviles en Estados Unidos, Europa y otras regiones a luchar por obtener imanes permanentes, con algunos forzados a reducir tasas de utilización o incluso cerrar fábricas temporalmente. En junio de 2025, la planta de Ford en Chicago se vio obligada a cerrar durante semanas por la disrupción en el suministro de imanes de tierras raras, según el centro de análisis GQG Partners.

La convergencia de estos vectores —reservas militares exiguas, un adversario que consolida su monopolio mediante planificación estatal de largo plazo, y una base industrial doméstica que tardará años en alcanzar la escala necesaria— configura uno de los desafíos de seguridad económica más acuciantes que afronta la república. Los 17 metales que componen el grupo de las tierras raras, invisibles en los circuitos y las cajas negras de los sistemas de armas, se han convertido en un instrumento de poder geopolítico de primer orden. La pregunta que Washington debe responder no es si la dependencia existe —los datos la confirman de manera inequívoca—, sino si la velocidad de la respuesta estadounidense puede igualar la magnitud de la amenaza.