Cuarenta y tres días después de que el financiamiento del Departamento de Seguridad Nacional caducara sin resolución, los Estados Unidos de América se encuentran ante una contradicción operativa de proporciones históricas: la nación que construyó la arquitectura de seguridad aérea más vasta del mundo tras el 11 de septiembre no puede pagar a los hombres y mujeres que la sostienen. El cierre parcial del DHS, iniciado el 14 de febrero de 2026, ha igualado ya el récord del cierre gubernamental más largo de la historia estadounidense — los 43 días del otoño de 2025 — y, con ambas cámaras del Congreso en receso de dos semanas, lo superará con certeza, según reportó The Hill el viernes.
Los hechos son tan duros como inequívocos. Según CBS News, 510 oficiales de la Administración de Seguridad del Transporte han renunciado desde el inicio del cierre, según datos de la propia TSA hasta el viernes por la tarde. La actuaria interina de la agencia, Ha Nguyen McNeill, testificó ante un comité de la Cámara de Representantes el miércoles que las ausencias alcanzan el 40% en algunos aeropuertos y que más de 480 agentes habían abandonado la fuerza hasta ese momento, según reportó NPR. McNeill advirtió con gravedad sobre la postura de seguridad de la nación: «Estamos realmente preocupados por nuestra postura de seguridad y por los impactos a largo plazo que este cierre tendrá en la fuerza laboral y nuestra capacidad para cumplir esta misión», declaró según la misma fuente.
La dimensión humana de la crisis se manifiesta con brutalidad en los aeropuertos. En el George Bush Intercontinental de Houston, las esperas en los puntos de control de seguridad han superado las cuatro horas, según reportó la propia autoridad aeroportuaria de Houston, que redujo los puntos de control operativos de seis a dos. Fortune reportó que la tasa de ausentismo en Bush Intercontinental alcanzó casi el 40%, mientras que en el cercano Hobby llegó al 43%. El jueves, a nivel nacional, más del 11,8% de los empleados programados de la TSA no se presentaron a trabajar — la cifra más alta del cierre hasta la fecha, según informó PBS citando datos del DHS. El aeropuerto Baltimore-Washington International recomendó a los viajeros llegar cuatro horas antes de su vuelo programado.
Todo esto coincide con la semana pico de spring break. Según datos de MDR Education, la semana del 29 de marzo de 2026 registra el mayor número de recesos escolares en todo el país, con 38.395 periodos de vacaciones comenzando esa semana. La confluencia de máxima demanda de viajeros y mínima capacidad operativa de seguridad constituye una ecuación que ninguna nación responsable debería tolerar.
El viernes fue un día de actividad legislativa frenética que, paradójicamente, no produjo resolución alguna. En la madrugada, el Senado aprobó por votación de voz — con consentimiento unánime — un proyecto de ley que financiaría la mayor parte del DHS, incluyendo la TSA, la Guardia Costera y FEMA, pero excluyendo a Immigration and Customs Enforcement y partes de Customs and Border Protection, según reportaron CBS News y NPR. El presidente de la Cámara, Mike Johnson, calificó la medida del Senado como «una broma» y se negó a someterla a votación, según NBC News.
En su lugar, la Cámara aprobó el viernes por la noche, con una votación de 213-203, una resolución continuada de 60 días que financiaría la totalidad del DHS — incluyendo ICE — a los niveles actuales hasta el 22 de mayo, según reportó ABC News. Solo tres demócratas cruzaron líneas partidarias: los representantes Henry Cuellar de Texas, Don Davis de Carolina del Norte y Marie Gluesenkamp Perez de Washington. El líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, declaró que el proyecto de la Cámara era «dead on arrival» en el Senado, según CBS News, argumentando que no proporcionaría financiamiento a ICE sin reformas.
La impotencia del proceso legislativo ordinario empujó al presidente Trump a la acción ejecutiva. El viernes, Trump firmó un memorando presidencial ordenando al secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, pagar a los empleados de la TSA de forma inmediata. El memorando, publicado en el sitio web de la Casa Blanca, invoca fondos que tengan «un nexo razonable y lógico con las operaciones de la TSA» y declara que las circunstancias constituyen «una situación de emergencia que compromete la seguridad de la nación». Según CBS News, citando a un alto funcionario de la administración, los fondos provendrían de la Ley One Big Beautiful Bill aprobada el verano pasado, que canalizó miles de millones de dólares al DHS, incluyendo 75.000 millones para operaciones de ICE.
El DHS informó que los agentes de la TSA «deberían comenzar a ver cheques de pago tan pronto como el lunes 30 de marzo», según CBS News. Pero la legalidad del movimiento es incierta. NPR reportó que no estaba claro de dónde vendría el dinero exactamente, ni si la maniobra era legal. La representante demócrata Rosa DeLauro argumentó, según Federal News Network, que la directiva demuestra que la administración «tomó la decisión consciente» de no pagar a los trabajadores de la TSA durante 41 días antes de actuar.
La pregunta que esta mesa editorial plantea no es quién tiene la culpa — pregunta que el proceso político resolverá en las urnas — sino qué revela esta parálisis sobre la capacidad institucional de los Estados Unidos para proteger sus propias operaciones críticas. El sistema de seguridad aérea estadounidense procesa a más de dos millones de pasajeros diarios. Es una infraestructura de seguridad nacional tan vital como cualquier base militar o sistema de armas. Y sin embargo, 50.000 oficiales que la operan han sido sometidos a más de seis semanas sin pago, en lo que Federal News Network describió como el segundo cierre prolongado en seis meses.
Las consecuencias no son abstractas. Según Axios, los líderes sindicales de la TSA advirtieron que el reclutamiento de nuevos agentes se ha vuelto extremadamente difícil. Un dirigente sindical declaró que muchos oficiales «están renunciando porque no tienen opción», según la misma fuente. Se requieren de cuatro a seis meses para entrenar a un agente de la TSA, y muchas funciones de seguridad requieren certificaciones anuales. Cada agente que se va representa una inversión perdida y una capacidad que no se recuperará antes de la temporada de verano.
La orden ejecutiva del presidente, sea cual sea su fundamento legal, representa una decisión estratégica del poder ejecutivo para mantener operativa una función esencial de seguridad nacional cuando el proceso legislativo ha fracasado. Que sea necesaria es, en sí mismo, un indicador de la magnitud de la disfunción institucional. El hecho de que otros empleados del DHS — incluyendo personal de FEMA y de la Agencia de Ciberseguridad e Infraestructura — continúen sin pago, como reportó Federal News Network, subraya que la medida ejecutiva es un remedio parcial, no una solución.
Mientras tanto, ambas cámaras del Congreso han abandonado Washington para un receso de dos semanas. Los senadores no tienen previsto regresar hasta el 13 de abril, según ABC News. Los representantes, hasta el 14 de abril. Si no se alcanza un acuerdo antes de esas fechas, este cierre superará con holgura cualquier precedente en la historia de la República.
Los Estados Unidos de América no pueden operar como una gran potencia si no pueden pagar a los guardias de sus propios aeropuertos. No pueden proyectar fortaleza en el exterior si su infraestructura de seguridad interna se desmorona por una disputa presupuestaria. No pueden exigir disciplina fiscal a sus aliados si su propio gobierno opera en modo de emergencia seis semanas después de que expire una partida de financiamiento rutinaria. La seguridad aérea no es un lujo ni una concesión política: es el tejido conectivo del comercio, la movilidad y la confianza pública en un país de dimensiones continentales. Cada día que pasa sin resolución erosiona no solo la eficacia operativa de la TSA, sino la credibilidad misma de las instituciones que los ciudadanos estadounidenses han confiado a sus representantes.