Editor’s Note: This article was published as part of the inaugural edition of The Commonwealth Times and reflects events as reported at the time of the referenced news coverage.
El barril de crudo Brent, referencia internacional del mercado petrolero, ha cerrado la semana cotizando en el entorno de los setenta dólares —una cota que, hace apenas dieciocho meses, los analistas de Goldman Sachs y del Departamento de Energía de los Estados Unidos juzgaban improbable fuera de un escenario de recesión abierta—. No hay recesión declarada, pero sí algo que para los mercados de materias primas resulta igualmente corrosivo: una incertidumbre arancelaria crónica que comprime las expectativas de crecimiento industrial y, con ellas, el apetito global por crudo.
La administración del presidente Donald Trump ha intensificado desde enero su ofensiva comercial. Los aranceles del veinticinco por ciento sobre el acero y el aluminio importados, la ampliación de las tasas sobre bienes chinos hasta un arancel medio efectivo que supera el sesenta por ciento según cálculos del Peterson Institute for International Economics, y la amenaza —suspendida pero no retirada— de gravar las importaciones de automóviles europeos y japoneses han generado un clima de parálisis inversora que se refleja con nitidez en los índices de gerentes de compras manufactureras. El PMI compuesto de J.P. Morgan para la industria global se ha situado en marzo por debajo de los cuarenta y nueve puntos, en zona de contracción, por segundo mes consecutivo. El transporte marítimo de contenedores, indicador adelantado del comercio físico, registra una caída interanual del cuatro por ciento en volúmenes según datos de Clarksons Research.
Para el mercado petrolero, la consecuencia es directa. La Agencia Internacional de la Energía revisó a la baja en su informe mensual de marzo la previsión de crecimiento de la demanda de crudo para 2026, situándola en 0,9 millones de barriles diarios —frente a los 1,1 millones estimados en diciembre— y señaló específicamente la incertidumbre arancelaria como factor determinante de la revisión. China, que durante dos décadas fue el motor indiscutible del incremento en el consumo de petróleo, importó en los dos primeros meses del año un volumen medio de 10,4 millones de barriles diarios, cifra prácticamente estancada respecto al mismo periodo de 2025 y muy por debajo de los 11,3 millones que alcanzó en el pico de 2023.
A la debilidad de la demanda se suma un factor de oferta que los operadores siguen con aprensión creciente: la posibilidad de que la OPEP+ acelere la reversión de sus recortes voluntarios. Arabia Saudí, que desde noviembre de 2023 ha mantenido una producción cercana a los nueve millones de barriles diarios —muy por debajo de su capacidad instalada de doce millones—, ha dado señales de fatiga estratégica. Fuentes próximas al Ministerio de Energía saudí, citadas por Reuters a mediados de marzo, indicaron que el reino está dispuesto a tolerar precios más bajos si otros miembros del cártel —singularmente Irak y los Emiratos Árabes Unidos— no cumplen con las cuotas pactadas. La próxima reunión ministerial de la OPEP+, prevista para el cinco de abril, podría formalizar un aumento de producción de hasta medio millón de barriles diarios a partir de junio, según las proyecciones de Rystad Energy.
El efecto combinado de estos vectores ha erosionado la prima de riesgo geopolítico que históricamente sostenía al Brent por encima de los ochenta dólares. Las tensiones en Oriente Medio, que en 2024 llegaron a impulsar el barril hasta los noventa y un dólares tras los ataques hutíes al tráfico en el mar Rojo, han perdido capacidad de tracción sobre los precios. Los operadores, explica Amrita Sen, directora de investigación de Energy Aspects, interpretan que la combinación de inventarios comerciales de la OCDE por encima de la media quinquenal y una curva de futuros en contango —donde el precio a plazo supera al spot— configura un mercado bien abastecido que puede absorber perturbaciones logísticas sin tensiones agudas.
En los Estados Unidos, la producción de crudo se ha estabilizado en torno a los 13,2 millones de barriles diarios, según la Administración de Información Energética. Las empresas de esquisto, que bajo la disciplina de capital impuesta por Wall Street habían contenido el crecimiento, encuentran ahora que los precios actuales comprimen los márgenes de los pozos menos productivos de la cuenca Pérmica. El número de plataformas activas de perforación petrolera, medido por Baker Hughes, ha descendido a quinientas ochenta, el nivel más bajo desde septiembre de 2024. La industria, en suma, responde ya a la señal de precios, pero la contracción de la actividad perforadora no se traducirá en una reducción significativa de la oferta hasta el segundo semestre del año.
El mercado financiero amplifica estas dinámicas. Los fondos especulativos han reducido sus posiciones largas netas en futuros de Brent a mínimos de tres años, según los datos de compromiso de operadores publicados por el ICE Futures Europe. La aversión al riesgo, alimentada por la volatilidad en los mercados de renta variable —el índice S&P 500 ha retrocedido un siete por ciento desde sus máximos de febrero— y por la fortaleza persistente del dólar, que encarece el crudo para los compradores fuera de la zona dólar, ha drenado capital del complejo de materias primas.
Las implicaciones fiscales de un Brent anclado en los setenta dólares son severas para los países productores. Arabia Saudí necesita, según el Fondo Monetario Internacional, un precio de equilibrio fiscal cercano a los ochenta y un dólares para financiar sin déficit los proyectos de diversificación económica agrupados bajo la Visión 2030. Rusia, cuya variante Urals cotiza con un descuento de entre diez y quince dólares respecto al Brent, afronta presupuestos cada vez más estrechos que limitan su capacidad de gasto militar y social. Nigeria y Angola, donde la producción ha declinado estructuralmente por falta de inversión, ven cómo la combinación de menores volúmenes y menores precios estrangula sus ingresos en divisas.
Para las economías importadoras, en cambio, un petróleo moderado ofrece un alivio parcial sobre la inflación. En la zona euro, donde el Banco Central Europeo mantiene los tipos de interés en el tres por ciento tras el ciclo de recortes iniciado en junio de 2024, la factura energética más contenida contribuye a mantener la inflación general por debajo del dos y medio por ciento. En la India, tercer mayor importador mundial, el ahorro estimado por cada dólar de caída en el barril asciende a mil quinientos millones de dólares anuales en la balanza por cuenta corriente.
El horizonte inmediato no ofrece catalizadores claros para una recuperación sostenida del crudo. La reunión de la OPEP+ del cinco de abril y la evolución de las negociaciones comerciales entre Washington y Pekín —cuya siguiente ronda se espera para finales de abril— constituyen los dos eventos bisagra. Si el cártel opta por disciplina y la diplomacia arancelaria ofrece algún gesto de distensión, el Brent podría reconquistar los setenta y cinco dólares. Si, por el contrario, la producción se expande y los aranceles se endurecen, los analistas de Citi Research no descartan una visita a los sesenta y cinco dólares antes del verano boreal.
Lo que el mercado refleja hoy no es pánico, sino una recalibración profunda de expectativas. La era de los cien dólares por barril, que parecía restaurarse tras la invasión rusa de Ucrania, se ha revelado un episodio, no una tendencia. Y en un mundo donde la transición energética reduce la elasticidad-ingreso de la demanda de crudo mientras la geopolítica comercial comprime el crecimiento, setenta dólares pueden ser no un suelo, sino un techo provisional.