La Reserva Federal de los Estados Unidos decidió, en su reunión del 18 y 19 de marzo, mantener la tasa de los fondos federales en el rango de 4,25 a 4,50 por ciento, una determinación que, si bien ampliamente anticipada por los mercados, llegó envuelta en un lenguaje institucional notablemente más sombrío que el empleado en la declaración de enero. El Comité Federal de Mercado Abierto señaló que la incertidumbre sobre las perspectivas económicas «ha aumentado» — una fórmula deliberada que sustituye a la anterior caracterización de riesgos «aproximadamente equilibrados» — y revisó al alza sus proyecciones de inflación subyacente para 2026, desde el 2,5 por ciento previsto en diciembre hasta el 2,8 por ciento, un movimiento que aleja aún más al indicador preferido del banco central de su objetivo del dos por ciento.

En la conferencia de prensa posterior al comunicado, el presidente Jerome Powell ejecutó un ejercicio de franqueza calibrada que los observadores de la Reserva Federal calificaron de inusualmente directo. Preguntado sobre el impacto de los aranceles comerciales impuestos y anunciados por la administración del presidente Donald Trump, Powell reconoció que las nuevas barreras arancelarias están «contribuyendo a presiones inflacionarias de corto plazo» y que resulta extraordinariamente difícil separar las perturbaciones transitorias de los efectos persistentes sobre el nivel general de precios. «La incertidumbre sobre las perspectivas económicas es inusualmente elevada», declaró Powell, empleando un adverbio que, en la gramática institucional de la Reserva Federal, funciona como señal de alarma contenida.

El diagrama de puntos — el célebre gráfico que recoge las expectativas individuales de cada gobernador y presidente de banco regional sobre la trayectoria de las tasas — reveló una mediana que aún contempla dos recortes de un cuarto de punto para el cierre de 2026, pero con una dispersión significativamente mayor que en la proyección de diciembre. Cuatro funcionarios situaron su estimación en un solo recorte; dos no previeron ninguno. La señal resultante es inequívoca: el consenso interno se fragmenta y la convicción sobre la desinflación se debilita.

La decisión se produjo en un contexto macroeconómico que desafía las categorías habituales. El mercado laboral estadounidense sigue mostrando solidez — la tasa de desempleo se situó en el 4,1 por ciento en febrero, y la creación de empleo no agrícola promedió 194.000 puestos mensuales en el primer trimestre —, pero los indicadores de confianza empresarial y del consumidor han registrado un deterioro notable. El índice de confianza del consumidor del Conference Board cayó en marzo a su nivel más bajo desde noviembre de 2022, arrastrado por la percepción de que los precios se están acelerando y de que la política comercial genera inestabilidad.

Los aranceles constituyen el factor disruptivo central. La administración Trump ha ampliado desde febrero un régimen arancelario que impone gravámenes del 25 por ciento a las importaciones procedentes de Canadá y México — con una exención parcial para bienes amparados por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá — y del 20 por ciento a las mercancías chinas, tras una escalada acumulativa que ha triplicado la tasa efectiva sobre las importaciones desde el Pacífico. A ello se suman los aranceles sectoriales del 25 por ciento sobre el acero y el aluminio, vigentes desde el 12 de marzo, que afectan a prácticamente todos los socios comerciales del país. La Reserva Federal, en su Resumen de Proyecciones Económicas, elevó también la estimación de inflación general del gasto en consumo personal para 2026, desde el 2,5 hasta el 2,7 por ciento, un ajuste que los economistas del sector privado interpretan como una incorporación parcial — y quizá conservadora — del efecto arancelario.

Powell insistió en que la política monetaria se encuentra «bien posicionada» para responder a distintos escenarios, pero su insistencia en la paciencia — «no tenemos prisa por ajustar nuestra postura», repitió en tres ocasiones durante la rueda de prensa — sugiere que la Reserva Federal ha adoptado una estrategia de espera deliberada. La lógica es transparente: recortar tasas cuando la inflación se acelera por un choque de oferta podría validar expectativas inflacionarias de largo plazo; mantenerlas demasiado tiempo en territorio restrictivo, sin embargo, arriesga asfixiar una economía que ya muestra señales de desaceleración. La proyección del crecimiento del producto interior bruto para 2026 fue revisada a la baja, desde el 2,1 al 1,7 por ciento, la revisión más pronunciada en una sola ronda de proyecciones desde junio de 2022.

Los mercados financieros reaccionaron con una ambivalencia reveladora. El índice S&P 500 cerró la jornada del miércoles 19 con un alza del 1,1 por ciento, aliviado de que la Reserva Federal no hubiera eliminado los recortes de su horizonte central, pero el rendimiento del bono del Tesoro a dos años — el más sensible a las expectativas de política monetaria — apenas se movió, manteniéndose en torno al 4,03 por ciento, lo que indica que el mercado de renta fija ya había descontado la parálisis. Los contratos de futuros sobre fondos federales asignan ahora una probabilidad inferior al 30 por ciento a un recorte en la reunión de mayo, y sitúan el primer movimiento con probabilidad mayoritaria en la reunión de julio, una fecha que hace apenas tres meses parecía lejana.

La Reserva Federal también anunció una reducción en el ritmo de contracción de su balance. A partir de abril, el límite mensual de amortización de bonos del Tesoro se reducirá de 25.000 a 5.000 millones de dólares, mientras que el techo para valores respaldados por hipotecas se mantendrá en 35.000 millones. La medida, técnicamente menor, posee una dimensión simbólica: señala que el banco central desea preservar liquidez en el sistema financiero mientras endurece su comunicación sobre tasas.

El gobernador Christopher Waller emitió una declaración separada en la que, si bien votó con la mayoría, expresó que los aranceles probablemente tendrán un efecto «transitorio» sobre la inflación y que la Reserva Federal debería estar preparada para recortar tasas en la segunda mitad del año si los datos de empleo se deterioran. Su posición representó la voz disidente más clara dentro de un comité que, por lo demás, cerró filas en torno a la cautela.

Lo que emerge de la reunión de marzo no es una Reserva Federal paralizada, sino una institución que reconoce los límites de su instrumental ante una perturbación de origen político. Los aranceles no son un fenómeno monetario; son una decisión fiscal y comercial adoptada por el poder ejecutivo, y la política de tasas de interés es un instrumento singularmente torpe para contrarrestar sus efectos. Powell lo dijo con la circunspección que le es propia: «Nuestro trabajo es anclar las expectativas de inflación a largo plazo, y eso es lo que haremos». La pregunta que los mercados, las empresas y los hogares estadounidenses se formulan ahora es si ese anclaje resistirá la fuerza de un régimen arancelario sin precedentes recientes en la historia económica del país.