La guerra cumple hoy veinticinco días, y Estados Unidos ha decidido emplear un recurso que ningún bombardeo puede sustituir: el tiempo. El presidente Trump anunció el lunes que había ordenado al Pentágono posponer por cinco días todo ataque contra plantas eléctricas e infraestructura energética de Irán, invocando lo que describió como conversaciones «muy buenas y productivas» encaminadas a «una resolución completa y total de nuestras hostilidades en Oriente Medio». Lo hizo apenas horas antes de que expirara su propio ultimátum de 48 horas para que Teherán reabriera el estrecho de Ormuz. La decisión constituye, en esencia, la primera señal de que Washington contempla un desenlace negociado para un conflicto que amenaza con convertirse en la peor crisis energética mundial desde los años setenta.

El anuncio, publicado en mayúsculas en su plataforma Truth Social, fue inequívoco en su intención. Según informó NPR, Trump escribió que había «instruido al Departamento de Guerra para posponer toda acción militar contra plantas eléctricas e infraestructura energética iraní por un período de cinco días, sujeto al éxito de las reuniones y discusiones en curso». Ante reporteros, amplió sus afirmaciones asegurando que existían «puntos mayores de acuerdo, yo diría que casi todos los puntos de acuerdo», y que los emisarios estadounidenses habían estado negociando con «la persona más respetada» del gobierno iraní, sin nombrar a dicha figura. Según Axios, funcionarios israelíes identificaron al interlocutor como Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del parlamento iraní, y señalaron que los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner habían mantenido contacto con él.

Irán, sin embargo, rechazó la narrativa de Washington con una unanimidad que abarcó todo el espectro de su aparato estatal. Ghalibaf publicó en la plataforma X que «no se han sostenido negociaciones con Estados Unidos» y que las afirmaciones de Trump constituían «noticias falsas utilizadas para manipular los mercados financieros y petroleros y escapar del atolladero en el que Estados Unidos e Israel se encuentran atrapados». El portavoz del Ministerio de Exteriores, Esmaeil Baghaei, confirmó a la agencia oficial IRNA que se habían recibido «mensajes a través de países amigos indicando una solicitud estadounidense de negociaciones para poner fin a la guerra», pero negó que cualquier diálogo directo hubiese tenido lugar. La agencia Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, citó a una fuente iraní declarando que «no ha habido contacto directo ni indirecto con Trump» y afirmó que el presidente estadounidense «retrocedió» tras las advertencias iraníes de represalia.

La Guardia Revolucionaria fue aún más tajante: calificó el comportamiento de Trump de «contradictorio» y «engañoso», advirtiendo que tales declaraciones no distraerían a Irán de su postura estratégica ni de sus prioridades regionales en curso. Un portavoz del cuartel general central del CGRI llegó a dirigirse públicamente a Trump mimando sus propias frases, en un video difundido por Al Jazeera. El mensaje conjunto del establishment iraní —político, diplomático y militar— no dejó espacio para la ambigüedad: Teherán no se sienta a la mesa bajo fuego.

No obstante, bajo la retórica desafiante, según múltiples fuentes existe una diplomacia de sombra que avanza por canales indirectos. ABC News informó que un funcionario paquistaní familiarizado con las negociaciones confirmó que hay «varias propuestas» en circulación y que una reunión presencial en Islamabad está sobre la mesa. Egipto, Turquía y Pakistán han estado transmitiendo mensajes entre ambas partes, y según la fuente de Axios, «el domingo hubo disposición de ambos lados para empezar a hablar». La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, declaró a ABC News que «estas son discusiones diplomáticas sensibles y Estados Unidos no negociará a través de la prensa», calificando la situación de «fluida».

Mientras tanto, el campo de batalla no ha respetado pausa alguna. Según NPR, misiles iraníes impactaron este martes al menos cuatro sitios en Israel, incluido el centro de Tel Aviv, donde al menos seis personas resultaron heridas. Corresponsales de NPR visitaron el lugar del impacto, un barrio residencial de alta renta, e identificaron un cráter en medio de la calle junto a un edificio cuya fachada quedó severamente dañada. La policía israelí estimó que el misil portaba una ojiva con unos cien kilogramos de explosivo, y los sistemas de defensa israelíes no lograron interceptarlo. Euronews detalló que, según fuentes policiales israelíes y medios militares, el proyectil era un misil de submuniciones equipado con entre tres y cuatro cabezas, cada una con aproximadamente cien kilogramos de explosivo.

La guerra se ha extendido mucho más allá de las fronteras iraníes e israelíes. Arabia Saudita ha enfrentado un patrón sostenido de agresiones contra su infraestructura energética durante todo el conflicto. Al Arabiya informó que el reino ha interceptado docenas de drones dirigidos a su Provincia Oriental, incluidas oleadas de vehículos aéreos no tripulados dirigidos contra instalaciones de gas y campos petrolíferos como Shaybah. El patrón es constante: decenas de drones en múltiples oleadas, casi diariamente, según los sucesivos comunicados del Ministerio de Defensa saudí. Estas agresiones contra un aliado estratégico de Estados Unidos y pilar de la estabilidad energética mundial constituyen una amenaza directa al orden internacional que Washington ha construido y sostenido durante décadas.

La respuesta aliada ha sido consecuente. El primer ministro británico Keir Starmer anunció el lunes el despliegue de sistemas de defensa aérea de corto alcance en el Golfo. Según The Defense Post, Starmer declaró ante un comité parlamentario que el Reino Unido estaba «desplegando sistemas de defensa aérea de corto alcance en Baréin a toda velocidad» y haciendo «lo mismo con Kuwait y Arabia Saudita». El ministro de Defensa, John Healey, especificó que se enviaría el sistema antidrones Rapid Sentry a Kuwait, al que calificó de «sistema de defensa antiaérea terrestre probado en combate». La decisión británica refuerza la arquitectura de seguridad compartida entre los aliados de Washington en un momento en que la agresión iraní contra los estados del Golfo exige una respuesta colectiva.

En un movimiento que revela tanto la profundidad del daño infligido como la resiliencia del aparato estatal iraní, Teherán nombró el martes a Mohammad Bagher Zolghadr como nuevo secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, según informó la Associated Press desde Dubái. Zolghadr, un excomandante de la Guardia Revolucionaria sancionado por Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido, sustituye a Ali Larijani, asesinado la semana pasada en un ataque israelí-estadounidense. Según India TV News, Larijani «era considerado una de las figuras más poderosas del país desde que el ayatolá Ali Jamenei fue asesinado en un ataque aéreo el primer día de la guerra». The National de Abu Dabi destacó que Zolghadr había celebrado los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 como un «punto de inflexión» para los palestinos. HUM News analizó que su nombramiento «señala una postura más dura en las arenas militar y diplomática» y reduce el espacio para figuras moderadas.

El costo humano del conflicto sigue creciendo. Según el rastreador de Al Jazeera, las cifras preliminares reportan más de 1.500 muertos en Irán, al menos 18 en Israel, 13 militares estadounidenses y 21 víctimas en los estados del Golfo. La organización de derechos humanos HRANA documentó, según Iran International, al menos 1.407 muertes civiles confirmadas en Irán hasta el 23 de marzo, incluyendo 214 menores. Por separado, la organización kurda Hengaw cifró en al menos 5.300 el total de fallecidos —incluyendo personal militar— en los primeros dieciocho días de guerra. La magnitud de la disparidad entre estas cifras refleja la opacidad informativa impuesta por el régimen autoritario iraní, que según la propia Hengaw «continúa ocultando sistemáticamente las cifras de bajas».

El director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía, Fatih Birol, advirtió el lunes en el Club Nacional de Prensa de Australia que la situación era peor que las crisis petroleras de 1973 y 1979 combinadas. Según NPR, Birol declaró que «ningún país será inmune a los efectos de esta crisis si continúa en esta dirección» y señaló que «al menos 40 instalaciones energéticas en nueve países han sido gravemente dañadas en el conflicto». Los mercados respondieron con alivio parcial al anuncio de la pausa: según Euronews, el S&P 500 subió un 1,1 por ciento en su mejor jornada desde el inicio de la guerra, mientras el petróleo Brent descendió inicialmente antes de volver a superar los 100 dólares por barril el martes, según NBC News.

Aquí reside la pregunta fundamental para el interés nacional de los Estados Unidos: ¿constituye esta pausa de cinco días una genuina apertura diplomática o una maniobra táctica para estabilizar mercados y reordenar prioridades militares? La evidencia disponible sugiere que ambas cosas no son mutuamente excluyentes. Washington ha librado veinticinco días de campaña aérea que han eliminado al Líder Supremo iraní, al secretario de su Consejo de Seguridad Nacional, al portavoz del CGRI, y han degradado significativamente la capacidad militar iraní. Desde esa posición de fuerza —no de debilidad— es desde donde se abre la ventana diplomática. Como declaró el primer ministro Netanyahu tras hablar con Trump, según Axios, «el presidente cree que hay una oportunidad de aprovechar los logros militares de la guerra para obtener todos los objetivos de la guerra mediante un acuerdo».

Irán, por su parte, enfrenta un cálculo existencial. Su infraestructura nuclear ha sido golpeada. Su cadena de mando ha sufrido eliminaciones sin precedentes. Su estrecho bloqueo del Ormuz, si bien ha causado estragos en los mercados globales, ha provocado ataques de represalia contra naciones que Teherán no puede permitirse enajenar y ha consolidado una coalición defensiva que incluye a Arabia Saudita, Baréin, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, respaldados ahora por sistemas de defensa británicos y estadounidenses. Como señaló un analista de la Universidad de Teherán a Al Jazeera, Trump podría estar usando la perspectiva de negociaciones como mecanismo para retractarse de un ultimátum cuyo cumplimiento habría escalado la guerra a niveles potencialmente catastróficos.

Los próximos cinco días determinarán si esta ventana conduce a un acuerdo que desmantele el programa nuclear iraní —la condición central establecida por Trump— o si el reloj simplemente se reinicia para otra ronda de escalada. Para los Estados Unidos, la ecuación es clara: un acuerdo que ponga fin a la amenaza nuclear iraní, reabra el estrecho de Ormuz y restaure la estabilidad energética global serviría los intereses fundamentales de la nación y de sus aliados. Cualquier resultado inferior a ese dejaría a la república con una guerra inconclusa y un adversario debilitado pero no desarmado. El tiempo comprado debe convertirse en diplomacia ejecutada. Washington no tiene margen para que estos cinco días se conviertan en cinco días perdidos.