No ha transcurrido un solo día de esta guerra en que los hechos no hayan desmentido alguna promesa formulada la víspera. El viernes 4 de abril de 2026 — trigésimo quinto día de la Operación Epic Fury — los ataques aéreos estadounidenses e israelíes impactaron plantas petroquímicas en la provincia iraní de Juzestán y el complejo nuclear de Bushehr, donde al menos una persona pereció, según informó Al Jazeera en su cobertura en directo. Y mientras Washington ampliaba su lista de blancos, Teherán devolvía una verdad que ningún comunicado del Pentágono puede atenuar: Irán derribó un F-15E Strike Eagle sobre la provincia de Kohgiluyeh y Boyer-Ahmad, y una segunda aeronave — un A-10 Warthog que participaba en la misión de rescate — se estrelló cerca del Estrecho de Ormuz tras recibir fuego enemigo.
Según confirmaron fuentes oficiales estadounidenses a CBS News, Axios y NBC News, los dos tripulantes del F-15E se eyectaron con vida tras ser alcanzados por fuego iraní. Las fuerzas especiales estadounidenses lograron rescatar al piloto en territorio iraní, pero el oficial de sistemas de armas permanecía desaparecido al cierre de esta edición, objeto de una búsqueda frenética en la que helicópteros Black Hawk, aviones C-130 y drones de reconocimiento operaban sobre suelo hostil. Un gobernador regional iraní ofreció una recompensa pública por la captura de los tripulantes, y la televisión estatal iraní instó a la población civil a participar en la cacería. El piloto del A-10, por su parte, se eyectó sobre el Golfo Pérsico y fue recuperado con éxito, según precisó NBC News citando a un funcionario estadounidense.
La gravedad del episodio no reside únicamente en la pérdida de una aeronave de combate valorada en decenas de millones de dólares, sino en lo que ese metal retorcido sobre las montañas iraníes revela: la afirmación del secretario de Defensa Pete Hegseth y del propio presidente Trump de que Estados Unidos había logrado «dominio total» del espacio aéreo iraní era, en el mejor de los casos, prematura. Apenas cuarenta y ocho horas antes, Trump declaró en cadena nacional que Irán no disponía de «equipo antiaéreo alguno» y que su radar estaba «cien por ciento aniquilado». El F-15E derribado — identificado por las marcas de la 494.ª Escuadrilla de Caza, 48.ª Ala de Caza, con base en RAF Lakenheath, según verificó Military Times a partir de imágenes de los restos publicadas por medios iraníes — constituye la primera pérdida confirmada de un avión de combate estadounidense por fuego enemigo desde los primeros años de la guerra de Irak. La inteligencia estadounidense ya había advertido, según reportó The New York Times, que operativos iraníes habían estado desenterrando búnkeres de misiles subterráneos y devolviéndolos a operación horas después de cada ataque.
Estas pérdidas se suman a un balance de trece militares estadounidenses muertos desde el 28 de febrero y 365 heridos, según las cifras actualizadas del Pentágono reportadas por CBS News. Es un precio que la nación puede asumir si la campaña avanza hacia objetivos definidos. Pero el problema central de la Operación Epic Fury no es el coste humano — que, por doloroso que sea, permanece contenido en comparación con conflictos anteriores — sino la ausencia de una teoría de la victoria que conecte los medios militares con un fin político alcanzable.
En tierra, en mar y en el éter, Irán resiste con las herramientas del débil convertidas en armas estratégicas. La más devastadora no es un misil balístico sino un estrecho de cuarenta kilómetros de anchura. Según informó Lloyd’s List, los tránsitos de buques por el Estrecho de Ormuz se desplomaron un 81% en las primeras setenta y dos horas de la guerra, y desde entonces el colapso se ha profundizado. UNCTAD reportó una caída del 95% en el tráfico marítimo diario. Según U.S. Naval Institute Proceedings, el crudo WTI cotizaba a 67 dólares el barril el 27 de febrero; al momento de esta publicación, ronda los 112 dólares. Más de 3.200 buques permanecían varados en la región del estrecho al 20 de marzo, según datos de la firma de inteligencia marítima Pole Star Global, citados por AGBI. La Agencia Internacional de la Energía calificó la situación como «la mayor disrupción de suministro en la historia del mercado petrolero mundial», según reportó Yale Climate Connections.
Para el ciudadano estadounidense, la aritmética del estrecho cerrado se traduce en una cifra que lee cada mañana en la estación de servicio. El precio medio de la gasolina superó los cuatro dólares por galón a principios de abril, según la AAA, por primera vez desde 2022, como reportó NBC News. El diésel alcanzó los 5,45 dólares. El presidente de la Reserva Federal de Chicago, Austan Goolsbee, declaró a CBS News que la guerra amenaza con alimentar la inflación y dificultar cualquier recorte de tipos de interés en 2026. Si el estrecho permanece cerrado hasta finales de abril, analistas saudíes estiman que el crudo podría alcanzar los 180 dólares por barril, lo que dispararía la gasolina estadounidense muy por encima de los seis dólares por galón, según Yale Climate Connections. El interés nacional exige formular la pregunta incómoda: ¿está la actual campaña militar generando condiciones que deterioran la posición económica de Estados Unidos más rápido de lo que erosionan la capacidad militar iraní?
En el frente diplomático, la jornada del viernes fue igualmente reveladora. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aplazó la votación sobre una resolución presentada por Baréin que habría autorizado el uso de «medidas defensivas» para proteger la navegación en el Estrecho de Ormuz, según reportó France 24 citando fuentes diplomáticas. La razón formal fue la festividad del Viernes Santo — una circunstancia conocida desde que se fijó la fecha de la votación. La razón real es más prosaica y más preocupante: China y Rusia se oponen frontalmente a cualquier autorización del uso de la fuerza. El embajador chino Fu Cong advirtió que autorizar a estados miembros a usar la fuerza «inevitablemente conduciría a una mayor escalada de la situación y a graves consecuencias», según reportó i24 News. Rusia denunció lo que califica de medidas unilaterales. Francia, tras semanas de escepticismo, parece haber suavizado su posición ante la nueva redacción defensiva, pero el resultado de la votación — ahora esperada para la próxima semana, según RFE/RL — permanece incierto.
El borrador, revisado en seis ocasiones según documentó AFP vía Arab News, ya no invoca explícitamente el Capítulo VII de la Carta de la ONU, que autoriza el uso de fuerza armada para restaurar la paz. La versión actual permite únicamente «medidas defensivas necesarias y proporcionales a las circunstancias» para asegurar el tránsito y disuadir intentos de cerrar u obstruir la navegación internacional. El embajador de Baréin, Jamal Alrowaiei, declaró que «no podemos aceptar terrorismo económico que afecta a nuestra región y al mundo», según citó France 24. La medida tendría una vigencia mínima de seis meses.
Mientras la diplomacia multilateral se estanca, el presidente Trump publicó el viernes en Truth Social un mensaje que, en su economía de caracteres, condensaba toda una doctrina: «With a little more time, we can easily OPEN THE HORMUZ STRAIT, TAKE THE OIL, & MAKE A FORTUNE. IT WOULD BE A ‘GUSHER’ FOR THE WORLD???» El mensaje fue reportado por Euronews, The Korea Herald, Al Jazeera y decenas de medios internacionales. No especificaba cómo Estados Unidos reabriría el estrecho ni a qué petróleo se refería. Dos días antes, Trump había instado a los aliados que sufren escasez de combustible a «ir a buscar su propio petróleo» y había sugerido que las fuerzas estadounidenses no les ayudarían.
Hay que decir con claridad lo que este análisis reclama: las señales contradictorias de Washington no fortalecen la posición negociadora de Estados Unidos. Debilitan la arquitectura de alianzas que ha sostenido la primacía estadounidense durante ocho décadas. Cuando el presidente amenaza con abandonar la OTAN — como hizo en una entrevista con The Telegraph reportada por Euronews —, cuando dice a los socios que «se busquen la vida», cuando propone «tomar el petróleo» en una región donde la legitimidad de la acción militar depende de que no parezca un saqueo, el resultado no es audacia estratégica sino erosión de la credibilidad que convierte aliados potenciales en espectadores cautelosos. La Casa Blanca solicitó el viernes un presupuesto de defensa de 1,5 billones de dólares para el año fiscal 2027, un aumento del 42%, según Euronews. El Pentágono ya había propuesto 200.000 millones para financiar el esfuerzo bélico y reponer municiones. Los recursos son reales. Lo que falta es una estrategia que los vincule a un objetivo definible.
Mientras tanto, Irán lleva treinta y cinco días consecutivos de apagón digital. Según la organización de monitoreo NetBlocks, citada por Bitcoin News, la conectividad a internet se mantiene en apenas el 1% de los niveles ordinarios, tras 816 horas de bloqueo. Noventa y dos millones de ciudadanos iraníes permanecen efectivamente aislados del mundo, en lo que Human Rights Watch ha denunciado como una violación de derechos que «ayuda a ocultar atrocidades a gran escala». El régimen iraní ha utilizado este mismo mecanismo en enero de 2026, durante las protestas internas, y en junio de 2025, durante la anterior confrontación con Israel. Pero la duración y severidad actuales no tienen precedente.
El balance humano de estos treinta y cinco días habla por sí solo. Al Jazeera cifra al menos 2.076 muertos en Irán y 26.500 heridos desde el 28 de febrero. En Líbano, donde Israel ha renovado operaciones contra Hezbolá, el Ministerio de Salud contabiliza 1.345 fallecidos. En Israel, al menos 24 personas han muerto, incluyendo diez soldados en el sur del Líbano. Trece militares estadounidenses han perdido la vida. Irán ha lanzado misiles contra nueve países de la región — Baréin, Irak, Jordania, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos —, además de Israel. Un dron iraní alcanzó incluso una pista en una base militar británica en Chipre.
La pregunta que este diario formula desde el primer día de la Operación Epic Fury no ha cambiado, pero su urgencia se ha multiplicado: ¿cuál es el objetivo final y cuándo sabremos que se ha alcanzado? El presidente declaró el miércoles que la guerra podría terminar «en dos semanas, quizá tres». El primer ministro israelí Netanyahu dijo que más de la mitad de sus objetivos militares se habían cumplido, según Euronews, pero ambos líderes rehusaron fijar un calendario. Israel ha descrito esta campaña como una oportunidad generacional para eliminar permanentemente la amenaza nuclear iraní, como observó U.S. Naval Institute Proceedings, lo que implica que Jerusalén no apoyará ninguna rampa de salida que deje al régimen intacto.
Estados Unidos inició esta guerra con objetivos declarados de cambio de régimen, eliminación del programa nuclear y destrucción de la capacidad balística iraní. El líder supremo Alí Jamenei fue eliminado en los primeros ataques, según confirmó Trump y documentó el Council on Foreign Relations. Pero el poder en Irán no residía en un solo hombre sino en una estructura — los Guardianes de la Revolución, el aparato clerical, las milicias regionales — que demuestra cada día que posee capacidad de respuesta. Los misiles siguen volando hacia Israel. Los drones atacan infraestructura en los estados del Golfo. El estrecho permanece cerrado. Y ahora, por primera vez en más de veinte años, restos de un avión de combate estadounidense yacen en suelo enemigo.
Este análisis no es un llamamiento a la retirada ni una capitulación ante la narrativa iraní. Es una exigencia — formulada desde la convicción de que la grandeza de Estados Unidos reside en su capacidad de calibrar poder y propósito — de que la administración presente a la nación una estrategia que merezca la sangre que está derramando. Cada F-15E que despega rumbo a Irán lleva el nombre de la república en sus alas. La república merece saber adónde vuelan esos aviones y por qué.