Editor’s Note: This article was published as part of the inaugural edition of The Commonwealth Times and reflects events as reported at the time of the referenced news coverage.
Recep Tayyip Erdogan no se limita ya a observar la descomposición del orden sirio desde la orilla septentrional del Éufrates: pretende reescribir sus términos. En una serie de reuniones celebradas esta semana en el complejo presidencial de Ankara, el mandatario turco recibió a representantes de las principales facciones que disputan el control territorial de Siria — desde comandantes del Ejército Nacional Sirio, respaldado por Turquía, hasta figuras vinculadas a Hayat Tahrir al Sham y delegados de la oposición política agrupada en torno al Gobierno Interino Sirio —, en lo que constituye el más ambicioso intento de Ankara por imponer su visión sobre la transición política del país vecino.
La iniciativa se produce en un momento de máxima fluidez sobre el terreno. Desde la caída del régimen de Bashar al Asad a finales de 2024 y el consiguiente repliegue de las fuerzas leales al antiguo gobierno hacia reductos costeros en la provincia de Latakia, Siria ha quedado fragmentada en zonas de influencia que ningún actor controla en su totalidad. Turquía, que mantiene presencia militar directa en el noroeste del país desde la operación Escudo del Éufrates de 2016 y las sucesivas incursiones de 2018 y 2019, ha visto crecer tanto sus oportunidades como sus vulnerabilidades. La ausencia de un poder central en Damasco ha permitido a las Fuerzas Democráticas Sirias — dominadas por las Unidades de Protección Popular kurdas, las YPG — consolidar una administración autónoma en el noreste que Ankara considera una prolongación orgánica del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, el PKK, con el que libra una guerra intermitente desde 1984.
Es precisamente esa ecuación de seguridad la que vertebra la diplomacia erdoganiana. Fuentes próximas a la presidencia turca, citadas por la agencia Anadolu, indicaron que las conversaciones de Ankara giraron en torno a tres ejes: la formación de un consejo de transición que excluya a las YPG del proceso constituyente, la integración de los grupos armados respaldados por Turquía en unas eventuales fuerzas de seguridad nacionales y la apertura de los corredores comerciales que alimentarían la reconstrucción de Alepo e Idlib, provincias donde la influencia turca es predominante.
El cálculo de Erdogan no es exclusivamente militar. Turquía alberga aún a más de tres millones de refugiados sirios, una carga demográfica y fiscal que ha erosionado el apoyo interno al partido gobernante, el AKP, de manera sostenida desde las elecciones municipales de 2024. El retorno ordenado de esa población exige, según la lógica de Ankara, zonas seguras bajo supervisión turca y una gobernanza local funcional que sólo puede construirse si las facciones afines a Turquía ocupan posiciones de poder en el nuevo orden institucional. La reconstrucción, cuyo coste el Banco Mundial estimó en más de cuatrocientos mil millones de dólares en su informe de 2024, ofrece además un incentivo económico colosal para las empresas turcas de construcción e infraestructura que ya operan en el norte de Siria.
La reunión no ha estado exenta de tensiones internas entre los propios invitados. El Ejército Nacional Sirio, una constelación heterogénea de milicias que abarca desde grupos de inspiración islamista hasta remanentes del Ejército Libre Sirio, arrastra rivalidades intestinas que han degenerado en enfrentamientos armados en las provincias de Alepo y Afrin. Hayat Tahrir al Sham, por su parte, controla Idlib con mano firme bajo el liderazgo de Abu Mohamed al Yulani — quien ha procurado reinventarse como figura pragmática y desvinculada de su pasado yihadista —, pero su relación con Ankara oscila entre la cooperación táctica y la desconfianza estratégica. Erdogan necesita a ambos, pero la arquitectura que pretende erigir exige una disciplina que ninguno de los dos ha demostrado hasta ahora.
En el plano internacional, la maniobra turca colisiona con intereses contrapuestos. Estados Unidos, que mantiene aproximadamente novecientos efectivos en el noreste de Siria en apoyo de las Fuerzas Democráticas Sirias para contener los remanentes del Estado Islámico, ha manifestado reiteradamente su oposición a cualquier ofensiva turca contra las YPG. Rusia, que conserva sus bases aérea y naval en Hmeimim y Tartus respectivamente, observa la expansión de la influencia turca con un pragmatismo cauteloso: Moscú perdió a su principal aliado regional con la caída de Asad, pero retiene capacidad de veto aéreo sobre vastas porciones del territorio sirio. Irán, el otro pilar del antiguo eje pro Asad, ha visto mermada su proyección terrestre tras la debilitación de Hezbolá en el Líbano y la retirada de milicianos chiíes de posiciones avanzadas en Siria.
La Unión Europea, por su parte, contempla la situación con una mezcla de alivio y aprensión. Bruselas desea una estabilización que frene nuevos flujos migratorios, pero recela de una transición tutelada por Ankara que perpetúe la fragmentación y excluya a minorías étnicas del proceso político. El alto representante para Asuntos Exteriores de la UE subrayó la semana pasada la necesidad de que cualquier solución respete la integridad territorial de Siria y sea refrendada por un proceso auspiciado por Naciones Unidas, en referencia implícita al marco de la Resolución 2254 del Consejo de Seguridad, adoptada en 2015, que sigue siendo la hoja de ruta formal de la comunidad internacional para la transición siria.
Erdogan, sin embargo, no parece dispuesto a subordinar su agenda a los tiempos de la diplomacia multilateral. Su historial lo confirma: las operaciones Rama de Olivo en Afrin y Fuente de Paz al este del Éufrates se ejecutaron a despecho de las objeciones occidentales y con una coordinación sólo parcial con Moscú. El presidente turco opera bajo la premisa de que los hechos consumados sobre el terreno determinan la geometría de cualquier acuerdo posterior, y las reuniones de esta semana en Ankara constituyen la prolongación política de esa doctrina.
Lo que está en juego trasciende la coyuntura siria. Turquía aspira a consolidarse como la potencia regional hegemónica en el Levante septentrional, un papel que no había desempeñado desde la disolución del Imperio Otomano. Para Erdogan, cuya retórica neo-otomana ha sido una constante ideológica de su gobierno, Siria representa la prueba definitiva de que Ankara puede proyectar poder más allá de sus fronteras y sostenerlo. El éxito o el fracaso de esa ambición se medirá no en las fotografías protocolarias de esta semana, sino en la capacidad de Turquía para traducir la influencia militar en orden institucional — una alquimia que, en la historia moderna del Oriente Medio, rara vez ha cristalizado.
Las facciones sirias que acudieron a Ankara lo hicieron sabiendo que la alternativa al patrocinio turco no es la independencia, sino el caos. Y Erdogan lo sabe también. En esa asimetría reside su ventaja y, acaso, su límite.