El Ejército Popular de Liberación ejecutó entre el jueves y el sábado un ciclo de ejercicios combinados de una envergadura que no se registraba desde las maniobras de agosto de 2022, cuando la visita de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi a Taipéi desencadenó una demostración de fuerza sin precedentes desde la tercera crisis del estrecho en 1996. Buques de guerra, cazas de cuarta y quinta generación, submarinos y unidades de misiles balísticos operaron simultáneamente en seis zonas del mar de China Oriental y del mar de China Meridional, según confirmó el Ministerio de Defensa Nacional de Taiwán en una serie de comunicados emitidos en tiempo real durante las setenta y dos horas que duró la operación.
El Comando del Teatro Oriental del Ejército Popular de Liberación, con sede en Nankín, describió los ejercicios como «adiestramiento de combate planificado y rutinario» destinado a «salvaguardar la soberanía nacional y la integridad territorial». Pero la cronología desmiente la pretensión de normalidad: las maniobras se iniciaron apenas cuarenta y ocho horas después de que el Congreso de los Estados Unidos aprobara, con mayorías amplias en ambas cámaras, un paquete de venta de armas a Taiwán valorado en varios miles de millones de dólares que incluye sistemas de defensa costera Harpoon, misiles aire-aire de última generación y componentes logísticos para la modernización de la flota de fragatas taiwanesas.
Washington no se demoró en calificar los ejercicios. El Departamento de Estado emitió un comunicado en el que tachaba las maniobras de «provocativas y desestabilizadoras», instando a Pekín a abstenerse de «alterar unilateralmente el statu quo» en el estrecho. El portavoz del Pentágono añadió que la Séptima Flota de los Estados Unidos, con base en Yokosuka, Japón, mantenía un «estado elevado de vigilancia» y que el portaaviones USS Ronald Reagan había ajustado su posición operativa en el Pacífico occidental, sin precisar coordenadas. Japón, por su parte, activó protocolos de alerta en las islas Nansei, la cadena insular que constituye su frontera más meridional y que se extiende a escasa distancia de Taiwán.
Taipéi respondió con una combinación de firmeza retórica y prudencia operativa que ha caracterizado la estrategia del Gobierno desde la presidencia de Lai Ching-te, sucesor de Tsai Ing-wen. El Ministerio de Defensa Nacional taiwanés informó de que sus fuerzas armadas habían desplegado cazas, buques de patrulla y sistemas de misiles tierra-aire para monitorizar las maniobras chinas, sin que en ningún momento se cruzara la línea media del estrecho por parte de las unidades taiwanesas. El presidente Lai compareció brevemente ante la prensa para declarar que Taiwán «no busca la confrontación pero no cederá ante la intimidación», una fórmula que replica casi textualmente la posición articulada por su predecesora durante las crisis anteriores.
El contexto estratégico de estas maniobras excede con mucho la dinámica bilateral entre Pekín y Taipéi. La aprobación del paquete de armas por parte del Congreso estadounidense se inscribe en una secuencia legislativa que, desde la Ley de Política de Taiwán de 2022 y la posterior Ley de Mejora de la Resiliencia de Taiwán, ha ido endureciendo progresivamente el compromiso de Washington con la defensa de la isla. Pekín interpreta cada uno de estos pasos como una erosión deliberada de la política de «una sola China» que los Estados Unidos reconocen formalmente desde 1979, cuando se establecieron relaciones diplomáticas con la República Popular y se rompieron los lazos oficiales con Taipéi.
Para los analistas de seguridad que siguen la región, el patrón resulta inquietante no por su novedad sino por su aceleración. Bonnie Glaser, directora del programa Indo-Pacífico del German Marshall Fund, ha señalado reiteradamente que cada ciclo de provocación-respuesta eleva el umbral de la próxima escalada y reduce el margen para la desescalada diplomática. Los ejercicios de esta semana incluyeron, según fuentes del Ministerio de Defensa taiwanés, ensayos de bloqueo naval simulado — una modalidad que los planificadores militares consideran el paso previo más inmediato a un escenario de invasión anfibia o de cuarentena marítima.
La dimensión económica de la crisis es inseparable de la militar. Taiwán produce más del sesenta por ciento de los semiconductores avanzados del mundo a través de la Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, y cualquier perturbación del tráfico marítimo en el estrecho — por donde transita aproximadamente un tercio del comercio mundial — tendría consecuencias sísmicas para las cadenas de suministro globales. Los mercados financieros asiáticos registraron caídas moderadas el viernes, con el índice Taiex de la bolsa de Taipéi cediendo un dos por ciento antes de estabilizarse, mientras que los futuros del petróleo Brent experimentaron un alza contenida ante la perspectiva de una interrupción logística.
Australia, Filipinas y Corea del Sur emitieron declaraciones de distinto grado de contundencia. Canberra, alineada con Washington en el marco del pacto AUKUS, pidió «moderación a todas las partes» pero subrayó su «compromiso inquebrantable con la paz y la estabilidad en el Indo-Pacífico». Manila, cuyas propias disputas territoriales con Pekín en el mar de China Meridional se han intensificado en los últimos meses, fue más directa al calificar los ejercicios de «amenaza a la libertad de navegación». Seúl, atrapada entre su alianza de seguridad con los Estados Unidos y su dependencia comercial de China, se limitó a un llamamiento genérico a la «resolución pacífica de las diferencias».
Lo que estas maniobras revelan con mayor claridad no es la intención inmediata de Pekín — que casi con certeza no contempla una acción militar a corto plazo — sino la consolidación de un paradigma coercitivo diseñado para desgastar la voluntad política de Taipéi y poner a prueba la credibilidad del compromiso estadounidense. Cada ejercicio normaliza un nivel superior de presión militar; cada paquete de armas endurece la postura defensiva taiwanesa; cada declaración diplomática estrecha el espacio para la ambigüedad estratégica que durante décadas mantuvo la paz en el estrecho. La espiral no carece de lógica interna, y precisamente por ello resulta tan difícil de detener.
El estrecho de Taiwán, de apenas ciento treinta kilómetros en su punto más angosto, sigue siendo el lugar del planeta donde la probabilidad de un conflicto entre grandes potencias es más alta. Los ejercicios de esta semana no alteran esa ecuación fundamental; la confirman con la elocuencia muda de los portaaviones y los cazas.