Hay momentos en la historia de una república en los que la línea divisoria entre la fuerza legítima y la catástrofe estratégica se reduce a un plazo medido en horas. Este lunes 6 de abril de 2026, los Estados Unidos de América se encuentran en esa coyuntura exacta. Mediadores de tres naciones — Egipto, Pakistán y Turquía — han puesto sobre la mesa de negociación un borrador de alto al fuego de cuarenta y cinco días que, según confirmó la Associated Press citando a dos funcionarios de Oriente Medio, fue enviado la noche del domingo al canciller iraní Abbas Araghchi y al enviado especial estadounidense Steve Witkoff. Ninguna de las partes ha respondido formalmente. Mientras tanto, el reloj avanza hacia una fecha límite impuesta por el propio presidente Trump: el martes a las ocho de la noche, hora del Este.

Lo que ocurra entre ahora y esa hora definirá no sólo el curso de un conflicto que ha matado a miles de personas en todo Oriente Medio desde el 28 de febrero, sino la credibilidad estratégica de los Estados Unidos como potencia capaz de calibrar la fuerza con la diplomacia — la combinación que, durante ocho décadas, ha sido el fundamento de su primacía.

Los hechos, primero. Según Axios, citando a cuatro fuentes estadounidenses, israelíes y regionales con conocimiento de las conversaciones, Estados Unidos, Irán y un grupo de mediadores regionales discuten los términos de un posible alto al fuego de cuarenta y cinco días que podría conducir a un fin permanente de la guerra. La propuesta contempla una estructura de dos fases: la primera, un cese inmediato de hostilidades durante el cual se negociaría una solución definitiva, con posibilidad de extensión si fuera necesario; la segunda, un acuerdo integral que incluiría la reapertura plena del Estrecho de Ormuz y la resolución del arsenal iraní de uranio altamente enriquecido, ya sea mediante su retirada del país o su dilución. Los mediadores consideran que tanto la reapertura del estrecho como la cuestión nuclear sólo pueden resolverse en el marco de un acuerdo final, no como condiciones previas al alto al fuego.

Paralelamente, Reuters informó que el jefe del Ejército de Pakistán, el mariscal de campo Asim Munir, ha estado en contacto «toda la noche» con el vicepresidente JD Vance, el enviado Witkoff y el canciller iraní Araghchi. La propuesta, tentativamente denominada «Acuerdo de Islamabad» según Al-Monitor, prevé un alto al fuego inmediato con reapertura del Estrecho de Ormuz y un plazo de quince a veinte días para finalizar un arreglo más amplio, con las negociaciones finales presenciales en Islamabad. Un funcionario iraní de alto rango confirmó a Reuters que Teherán ha recibido la propuesta paquistaní y que ésta estaba «siendo revisada».

Sin embargo — y aquí reside la tensión central de esta crisis —, las mismas fuentes que describen la diplomacia advierten sobre su fragilidad. Axios reportó que las probabilidades de alcanzar un acuerdo parcial en las próximas cuarenta y ocho horas son «escasas». Un funcionario estadounidense dijo a Axios que la administración ha presentado varias propuestas en los últimos días, pero que los funcionarios iraníes no las han aceptado. Un funcionario iraní señaló a Reuters que Teherán no reabrirá el Estrecho de Ormuz a cambio de un alto al fuego «temporal» y que Washington carece de disposición para un cese permanente de hostilidades. Irán, en otras palabras, teme quedar atrapado en un escenario similar al de Gaza o Líbano: un alto al fuego en el papel que permita a Estados Unidos e Israel reanudar los ataques a voluntad.

Mientras los diplomáticos negocian, la guerra no se detiene. Este lunes, Israel y Estados Unidos ejecutaron una oleada de ataques sobre Irán que mató a más de veinticinco personas, según la AP. Explosiones resonaron en Teherán durante horas, y espeso humo negro se elevó cerca de la plaza Azadi tras un impacto en las instalaciones de la Universidad Sharif de Tecnología, sancionada por múltiples países por su colaboración con el programa de misiles balísticos iraní. La acción más significativa fue la eliminación del jefe de inteligencia de la Guardia Revolucionaria, el mayor general Majid Khademi, en un ataque aéreo israelí confirmado tanto por medios estatales iraníes como por el ministro de Defensa israelí Israel Katz, quien advirtió que Israel «continuará cazándolos uno por uno». Según las FDI, Khademi estaba involucrado en la planificación de ataques contra Israel, objetivos judíos en el mundo y operaciones contra intereses estadounidenses.

La eliminación de Khademi — cuyo predecesor también fue abatido por Israel — constituye un golpe severo al aparato de inteligencia y mando del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y demuestra la extraordinaria capacidad de penetración de la inteligencia conjunta estadounidense-israelí en el corazón mismo del régimen teocrático. Pero esta capacidad operativa, por impresionante que sea, no sustituye a una estrategia de salida. Cada eliminación de un líder militar iraní degrada las capacidades del adversario, sí — pero simultáneamente endurece la determinación de un régimen que interpreta cada pérdida como confirmación de que no puede permitirse ceder.

Es aquí donde la amenaza del presidente Trump de convertir el martes en «el día de las plantas eléctricas y los puentes» en Irán exige un análisis desprovisto de sentimentalismo pero enraizado en el interés nacional. En una publicación cargada de improperios en Truth Social el Domingo de Pascua, el presidente advirtió a Irán que si no abría el estrecho, estaría «viviendo en el infierno». El Wall Street Journal reportó que Trump declaró que si Irán no actúa antes del martes por la noche, «no tendrá plantas eléctricas ni puentes en pie». NBC News publicó que Trump ha extendido su plazo anterior en veinte horas, fijando la nueva fecha límite para el martes a las ocho de la noche.

Hay que ser francos: la amenaza de destruir infraestructura civil iraní plantea cuestiones estratégicas serias que trascienden las objeciones jurídicas de quienes invocan el derecho internacional como instrumento para atar las manos de la República. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, declaró que «una escalada no logrará un alto al fuego ni la paz» y calificó cualquier ataque contra infraestructura civil, particularmente instalaciones energéticas, como «ilegal e inaceptable». El viceministro de Exteriores iraní, Kazem Gharibabadi, acusó a Trump de amenazar públicamente con cometer crímenes de guerra. Irán, por su parte, advirtió que si se atacan objetivos civiles, su respuesta será «mucho más devastadora y generalizada». El presidente del parlamento iraní, Mohammad Bagher Qalibaf, calificó las amenazas de «imprudentes» y escribió en X: «No ganarás nada mediante crímenes de guerra».

Pero la pregunta que este periódico debe formular no es si las amenazas incomodan a las cancillerías europeas. La pregunta es si la destrucción de la infraestructura civil iraní serviría a los intereses estratégicos de los Estados Unidos. Y la respuesta, sopesada contra la evidencia disponible, es que no.

Considérese lo que está en juego. El petróleo Brent ha superado los 109 dólares por barril en las operaciones del lunes, un cincuenta por ciento más que cuando comenzó la guerra, según reportaron AP y Reuters. Goldman Sachs ha advertido que los precios podrían superar el máximo histórico de 2008 de 147 dólares si las interrupciones persisten. El tráfico por el Estrecho de Ormuz ha caído más de un noventa por ciento respecto al año anterior. El WTI ha superado los 112 dólares. En palabras de analistas de J.P. Morgan, el sistema «no está absorbiendo el choque — está agotando sus reservas mientras la demanda se raciona forzosamente». Destruir las plantas eléctricas iraníes no abrirá el estrecho: lo cerrará definitivamente, porque un régimen al que se le ha arrebatado la capacidad de proveer luz y agua a su población no tiene incentivo alguno para negociar — tiene incentivo para escalar.

Las cifras de víctimas hablan por sí solas. Más de mil novecientas personas han muerto en Irán desde que comenzó la guerra, aunque el gobierno no ha actualizado el recuento en días, según la AP. En Líbano, donde Israel ha entrado por tierra combatiendo a Hezbolá, más de mil cuatrocientas personas han muerto y más de un millón han sido desplazadas. Al menos veintitrés personas han muerto en Israel por ataques con misiles iraníes, y trece militares estadounidenses han caído en combate. La organización estadounidense de derechos humanos HRANA estima en más de tres mil quinientos los muertos totales en Irán, incluidos al menos mil quinientos noventa y ocho civiles y doscientos cuarenta y cuatro niños, según datos recopilados por AFP y CBC News.

Irán, lejos de capitular, ha intensificado sus represalias. Ha golpeado refinerías en Kuwait, instalaciones gasíferas en los Emiratos Árabes Unidos, y objetivos residenciales en Haifa, donde cuatro personas fueron halladas muertas bajo los escombros de un edificio de viviendas alcanzado por un misil, según informaron las fuerzas armadas israelíes. Ha cobrado peajes en yuanes a los buques que cruzan su estrecho. Ha permitido el paso selectivo a China, Rusia, India y Pakistán, mientras bloquea completamente a Estados Unidos, Israel y los países que percibe como sus aliados en el conflicto. La Guardia Revolucionaria declaró que el estrecho «nunca volverá a su estatus anterior, especialmente para Estados Unidos e Israel». Esto no es la conducta de un régimen a punto de rendirse; es la conducta de un régimen que ha decidido que su supervivencia depende de no ceder.

Frente a esta realidad, la propuesta de alto al fuego de cuarenta y cinco días — por imperfecta, por incierta, por frustrante que sea — representa el único camino que sirve simultáneamente al interés nacional estadounidense en sus múltiples dimensiones: la estabilización de los mercados energéticos que están asfixiando a los aliados en Asia y Europa; la preservación de la credibilidad estadounidense como actor capaz de terminar las guerras que inicia; la protección de los trece militares estadounidenses ya caídos contra la inflación de una pérdida sin propósito estratégico claro; y la creación de un marco para abordar la cuestión nuclear iraní, que siempre fue — o debió ser — el objetivo central de cualquier confrontación con Teherán.

El presidente Trump, a su crédito, ha mantenido abiertas ambas líneas — la coercitiva y la diplomática — simultáneamente. Declaró a Axios el domingo que Estados Unidos está «en negociaciones profundas» con Irán y que un acuerdo puede alcanzarse antes de que expire su plazo. Ha extendido plazos anteriores cuando los mediadores han reportado avances. Tiene programada para este lunes a la una de la tarde una conferencia de prensa sobre el rescate del tripulante del F-15E derribado en Irán, operación que calificó como «un milagro de Pascua» — un logro genuino de las fuerzas especiales estadounidenses que demuestra la proyección de poder de la nación incluso en territorio hostil profundo.

Pero la ambigüedad calculada tiene un límite temporal. Si el martes a las ocho de la noche el presidente cumple su amenaza y ordena la destrucción de plantas eléctricas y puentes, cruzará un umbral del cual no habrá retorno fácil. No porque el derecho internacional lo prohíba — las naciones soberanas toman decisiones soberanas —, sino porque una población iraní sin electricidad ni puentes no producirá un cambio de régimen: producirá una catástrofe humanitaria que unificará a ochenta y ocho millones de iraníes contra Estados Unidos, eliminará cualquier posibilidad de diálogo con los elementos pragmáticos dentro de Teherán, y entregará a China y Rusia exactamente la narrativa que necesitan para consolidar su influencia en un Oriente Medio fracturado.

Dos fuentes familiarizadas con el asunto dijeron a Axios que un plan de bombardeo estadounidense-israelí contra las instalaciones energéticas de Irán está «listo». Que esté listo es exactamente lo que debería estar. Que se ejecute es una cuestión enteramente distinta.

Los mediadores — Pakistán, Egipto, Turquía — han hecho lo que los mediadores pueden hacer: poner sobre la mesa un marco imperfecto pero funcional. El mariscal Munir ha pasado la noche al teléfono con el vicepresidente Vance y el canciller Araghchi. Los términos no son ideales para nadie: Irán no quiere ceder el Estrecho de Ormuz por una tregua temporal; Estados Unidos no quiere conceder garantías de no agresión sin salvaguardias nucleares. Pero la diplomacia no es el arte de la satisfacción — es el arte de la alternativa menos mala.

Los Estados Unidos de América comenzaron esta guerra el 28 de febrero con objetivos legítimos de seguridad nacional: la neutralización de la amenaza nuclear iraní y la defensa de la arquitectura estratégica regional. Han infligido daños devastadores a la infraestructura militar y nuclear de Irán. Han demostrado la capacidad de alcanzar, identificar y eliminar a los comandantes más protegidos del régimen en el corazón mismo de su capital. Han rescatado a sus pilotos de detrás de las líneas enemigas en operaciones que el propio presidente califica de históricas. Estos logros son reales. Pero los logros militares sin una resolución política son victorias tácticas al servicio de ninguna estrategia — y el pueblo estadounidense, que ya ha perdido a trece de sus hijos en este conflicto, merece algo más que la escalada como horizonte.

Cuarenta y cinco días. Ese es el período que los mediadores piden para intentar lo que la fuerza sola no ha conseguido en treinta y siete días de guerra. Es un plazo modesto. Es una oportunidad frágil. Pero es, en este momento, la única alternativa a un martes que el presidente de los Estados Unidos ha prometido convertir en el día de la destrucción — y que podría convertirse, si la razón estratégica prevalece, en el primer día de una paz imperfecta pero posible.